He dado más vueltas al asunto que un vinilo se los Stones en la casa de Scorsese, y aun así no consigo entender ni su sentido ni su significado. Esto es otro galimatías más que jamás conseguiré desentrañar. Algo tan abstracto como el Estado de Gracia o el Vacío cuántico. Algo sin principio ni fin, sin cuerpo ni alma, algo que ni vemos ni percibimos pero que lo buscamos desde que existimos. Cuando crees haberlo alcanzado se deshace sin dejar rastro, ni olor, ni humo, nada.
Mediocres del mundo ¡Me río en vuestra cara!
lunes, 23 de diciembre de 2024
El asunto
martes, 17 de diciembre de 2024
El sintecho
jueves, 28 de noviembre de 2024
Heartbreak Hotel.
La recepción es oscura. Deprimente como esas naves industriales cuyas máquinas tras el cese de la actividad no fabrican más que polvo. Como los maniquíes de las tiendas de un país comunista que solo pueden lucir trajes de pana.
Tan triste como una novela apolillada, olvidada en el cajón de un escritorio cerrado con una llave extraviada.
Un cuchitril mohoso donde habita un recepcionista con aspecto de enterrador. Dientes de Nosferatu y ojos de toxicómano que parecen perdidos en un limbo sin principio ni fin.
En el libro de registro, en caligrafía cursiva de psicópata, aparecen garabateados los nombres de los clientes de este hotel tan desolado como el edificio en el que vivía J.F Sebastian con sus pequeños replicantes.
Habitación 303. Donnie Smith, tres meses retrasado.Donnie es un perdedor nato. Acabó tirado en el suelo, con los dientes rotos tras recibir el impacto de un sapo en el rostro. Sí, habéis leído bien, una jodida lluvia de ranas lo sorprendió cuando intentaba colarse en el edificio donde trabajaba. Con una escalera de mano, pretendía acceder al edificio para saquear la caja fuerte de su patrón. Tras el robo frustrado, no pudo costear la ortodoncia que tanto añoraba y que a consecuencia del accidente, pasó a convertirse en cirugía maxilofacial, mucho más complicada y más cara. Un desastre. Tenía tanto amor que dar.
Habitación 202.Randy Robinson. Tras sufrir un infarto, el viejo luchador arruinado y más muerto que vivo, se dispone a dar una última noche llena de golpes y teatro. Ese corazón ya no puede soportar el peso de ese cuerpo viejo y hormonado al que apenas reconoce en el espejo ¿Quién es ese tipo del póster del camerino, adónde se fue? Desapareció como los flashes de las cámaras de aquellas noches de los noventa. Un último salto, el puño al cielo, después el dolor y el silencio.
Habitación 101. Hank Chinaski. Lleva días sin salir del hediondo estercolero en que ha convertido esa estancia antaño cálida y acogedora donde antes que él, residía un hombre de corta estatura y gran corazón, demasiado grande para este mundo cruel y mezquino. Cuando la trapecista se lo rompió como si fuera un pedazo de barro mal cocido, no volvió a soñar con quimeras y dejó el circo. Vivió durante años en esa pequeña habitación con su eterna melancolía, hasta que un día muy temprano, salió del hotel con su pequeña maleta y sus andares de Charlot. Dicen por ahí que se fundió con el sol del amanecer, como en un cuadro impresionista.
El nuevo residente también se fundirá pronto con la tierra como siga por esa senda de autodestrucción. Como Ben Sanderson, pero en Detroit en vez de en Las Vegas. Si apuesta todo al rojo, lo más seguro es que, siendo el perdedor que es, saldrá negro.
El libro de registro tiene cientos de anotaciones. Una lista repleta de historias de fracasos y decepciones, de silencios y soledades. Un recordatorio de lo frágil que puede ser la voluntad humana.
Un nuevo nombre va tomando forma mientras la tinta impregna el papel amarillo. El recepcionista susurra el nombre mientras un pequeño hilo de baba le asoma por la comisura de los labios. Habitación 666, una habitación muy confortable.
El recién llegado y el botones, un tipo escuálido que parece estar a punto de romperse bajo el peso de un par de maletas andrajosas, avanzan por un pasillo de una pesadilla de Stephen King. La tarima cruje a su paso. De la habitación 665 sale una risa estridente. Ese es Arthur Fleck, informa el botones, un cómico que siempre anda por ahí vestido de payaso, seguro que le caerá bien señor Kovacs .
sábado, 26 de octubre de 2024
Dios Salvaje
De camino al trabajo, como todos los días veo los mismos rostros, los mismos bostezos y el mismo hastío. Mientras los ocupantes del vagón matan el tiempo revisando las mezquindades y banalidades que ofrece internet, me regocijo al pensar que por la noche voy a asistir a un concierto de Nick Cave. Puede parecer absurdo sentirse así por algo tan trivial, a fin de cuentas solo es eso, un espectáculo como otros tantos.
El iconoclasta que hay en mí, siente recelo de los altares y sus imágenes, tanto como de la adoración hacia cualquier clase de mito, más aún cuando estos son de carne y hueso y por tanto con las mismas miserias y defectos que cualquier hijo de vecino. No obstante, en este caso debo reconocer que soy culpable de semejante delito, pues siento esa clase de veneración hacía este chamán flaco lleno de cicatrices, cuya música y mensaje son para mí una especie de sustento vital, algo que por descontado, está por encima de la simple admiración que el trabajo de esta clase de artistas suele provocar en quienes disfrutan de su arte, sea este del tipo que sea.
Volviendo al plano terrenal, son las cinco de la tarde, mientras los más devotos seguidores, los absolutamente incondicionales hacen cola para conseguir los puestos que dan acceso al altar, el resto disfrutamos de los placeres del vulgo. Cerveza y torreznos.
¡Jugón, por fin llegó el día! Comenta, alzando la voz entre la cacofonía del atestado bar mi amigo C. Nótese que ha utilizado jugón, el célebre término acuñado en los noventa por Andrés Montes que la Real Academia de la Lengua no ha tenido a bien añadir al diccionario de nuestra versátil y extensa lengua, como sí ha hecho con otros que, aún siendo anglicismos perversos o incultos, sí merecen su inclusión según el criterio de los académicos de la lengua. Cualquier día, incluirán en el diccionario el vocablo utilizado por los jóvenes actuales cada tres minutos.
¡Joder tron, que bien ver a Nick Cave! ¿Eh tron? Claro, tron.
Tras las cervezas de rigor, nos disponemos, ahora sí a entrar al recinto. Tras el tedio de la espera, llega el ansiado momento, todo está listo para que aparezcan en escena los músicos, el primero en hacerlo es Warren Ellis, esa especie de genio loco adorable, con su barba de asceta, seguido por el resto de los componentes de la banda que acompañan al chamán de la tribu, el último en salir a escena, donde esperan los fieles, como los asistentes a esas ceremonias religiosas - tan alegres y musicales - con coro góspel, donde la congregación entra en una especie de catarsis, alzando las manos al cielo y dando gracias al creador por todos sus dones, mientras el predicador, alzando la voz, lanza proclamas tan peregrinas como las de los telepredicadores de las cadenas de televisión locales, seguidas estas por un coro de voces que entre palmada y palmada dicen: Aleluya.
Después del concierto - del que no voy a contar nada, para eso está la prensa y el resto de expertos en música, sea lo que sea eso, con la emoción a flor de piel - los asistentes, cincuentones la mayoría, aprovechamos para encontrarnos con amigos a los que echamos de menos porque solemos pasar demasiado tiempo trabajando y la pereza, el orgullo, o tal vez la costumbre, poco a poco nos va alejando.
Por mi parte, creo que aunque he captado el mensaje del Dios Salvaje del que habla Nick Cave, seguiré siendo igual de cretino y olvidaré pronto sus enseñanzas.
Fotografía. Mariela Rodríguezdomingo, 20 de octubre de 2024
57 retratos.
sábado, 5 de octubre de 2024
Don José
Como el alfarero de La Caverna, José Saramago daba forma a las palabras como si fueran barro, convirtiendo una masa densa y deforme en un prodigio de orden y sentido. Una cocción perfecta daba a sus creaciones, el brillo y la dureza justa para que no se agrietaran y soportaran el paso del tiempo como si estuvieran hechas de un material eterno.
Solo a alguien tan lúcido se le podía ocurrir que la ceguera, bien puede ser blanca en vez de negra. La oscuridad solo es la ausencia de luz debió pensar, por tanto, la ceguera puede ser provocada tanto por la ausencia total de luz como por lo contrario. Así era don José, alguien a quién le gustaban las paradojas y los sinsentidos. Un maestro con su propio evangelio, imposible de duplicar. Ojalá la muerte, de la que tanto escribió, no se lo hubiera llevado, pero, aunque durante algún tiempo, en el mundo de Saramago, su trabajo fuera intermitente, al final, la parca volvió a hacer lo que debía hacer y a él también se lo llevó, como a todos los demás, por mucho que nos duela.
Algunas personas no deberían morir nunca, otras ni siquiera deberían nacer. De las primeras queda el recuerdo en los que compartieron su vida con ellos, para el resto, queda su legado. De las segundas no merece la pena acordarse. De don José nos quedan sus libros, repletos de reflexiones tan agudas como inagotables.
miércoles, 4 de septiembre de 2024
Oda a lo sencillo
En tan solo cien años todo se ha vuelto un galimatías sin sentido, como una especie de concurso pueril sin más propósito que entretener a un público infantil, la inmediatez de lo trivial y lo absurdo se cuela en nuestras vidas por recovecos cada vez más estrechos. De igual forma que los virus y los parásitos siempre encuentran un huésped, esta nueva enfermedad digital amenaza con adueñarse de nuestra voluntad.
Ahora que todo está al alcance de un «clic» mientras deslizamos la yema del dedo índice por la pantalla, sin prestar demasiada atención a lo que vemos, que no es más que una interminable sucesión de imágenes escogidas por un algoritmo, algo llama mi atención. Un grupo de atletas jóvenes corren por una playa de Escocia sin nada más que un corazón rebosante de energía. Se entrenan duro para asistir a los Juegos Olímpicos que se celebrarán ese año en París. Un siglo después, la historia se repite, aunque nada sea lo mismo y, me cueste mucho imaginar a un grupo de Runners con mallas chillonas corriendo descalzos por una playa atestada de turistas. En verdad, todo ha cambiado mucho.
viernes, 16 de agosto de 2024
Don Nadie
Soy la carcoma de los pilares de tu vetusta casa, soy esa araña repugnante que no te atreves a matar. El grito del moribundo, los disparos que te despiertan a las tres de la mañana. Soy la mosca que flota en tu sopa, la cucaracha que se esconde bajo tu nevera. Soy la herida infectada, el parásito estomacal, el salpullido y el herpes genital. Soy el escalón que te hace tropezar y la costilla rota que no te deja respirar. Soy la astilla que no se deja extraer, el tumor que no se puede operar. Soy el verdugo que te tapa los ojos, el violador que te echa el aliento en la cara y el tiro de gracia. Soy lo que no te deja dormir, soy la sombra con mil caras, soy la tiranía y la esclavitud, soy un puto hombre lobo sediento de sangre fresca. Soy todo eso y mucho más, pero en verdad solo soy una cosa, la maldad.
Extracto de la novela inédita "Don Nadie"
sábado, 29 de junio de 2024
Otro café, por favor
De todas las obras de arte que había en ese espacio, ella era la más bella y la que recibía los mejores elogios. Tras un mostrador de mármol pulido y reluciente, aguardaba siempre sonriente la llegada de los clientes Sofie, la bella y etérea Sofie, el sueño de André, el poeta que escribe sonetos en servilletas de papel y bebe café con un chorrito de coñac. La ama con devoción y en silencio, como se adora a un ser que no pertenece a este insignificante mundo lleno de fracasos y penurias, un mundo triste y sin sentido donde se reúnen los perdedores y los desahuciados. El mismo lugar donde antaño; en tiempos mejores se citaban intelectuales cuyos rostros y pensamientos decoran ahora las paredes de tan histórico lugar.
Suele llegar André cuando los últimos rayos de sol se filtran por el magnífico escaparate, iluminando a Sofie como a una figura de mármol esculpida por Miguel Ángel, eterna y perfecta.
No necesita más, se conforma con adorarla en silencio y a distancia. Un ser mezquino como él no puede aspirar a nada más que a eso.
Un día que se sentía muy fatigado, cuando se apeó del tranvía sintió un mareo horrible que lo dejó todo a oscuras por un instante. Cuando recuperó el conocimiento y pudo llegar hasta la cafetería, tardó unos segundos en procesar lo que estaba viendo.
Debía haberse desorientado y había entrado en otro local, en otra calle. El lugar era horrible, oscuro y deprimente. El interior parecía un mesón portuario del que salía un olor a pescado pasado y a serrín rancio.
Tras salir de allí despavorido, caminó dando vueltas por todo el distrito preguntando a los vecinos por el café de su amada Sofie. Ante las negativas y encogimientos de hombros, volvió a ese tugurio lamentable con el corazón en un puño ¿Qué le estaba pasando, cómo podía perderse en un barrio que conocía como la palma de su mano? Estaba empezando a sentir náuseas y escalofríos.
De vuelta a ese antro la cosa empeoró aún más. La camarera, una mujer fea y ordinaria como jamás había visto, con un cuerpo deforme y de andar patizambo, le explicó con una voz que parecía salida de una criatura cavernosa, que allí no había ninguna camarera con ese nombre. No sabía qué decir, debía estar soñando; una maldita pesadilla de la que no podía despertar.
Cuando llegó a casa y descolgó el teléfono lo comprendió todo. El mensaje de su psiquiatra era muy claro: le recordaba que debía continuar - sin interrupciones - con el tratamiento, pues de lo contrario, era muy probable que volviera a confundir la realidad con las ensoñaciones.
Sobra decir que decidió volver a su amada cafetería.
martes, 11 de junio de 2024
Entre tú y yo
El anciano se apoya en el mostrador con la bayeta sobre su hombro derecho, gesto serio de vigilante que solo deja entrar en sus dominios a quien transmite confianza.
«Aquí mando yo, mi bar, mis reglas» El polvo en las botas y las pintas de vagabundo no le hacen ni pizca de gracia; tampoco los tatuajes. Es uno de esos tipos chapados a la antigua, curtido en mil batallas y de vuelta de todo.
El individuo que permanece parado en la puerta tapando la luz del atardecer como un perro apaleado parece joven, musculoso y muy seguro de sí mismo. Es evidente que no está pasando por su mejor momento ¿Debería dejarlo pasar? Esos tipos engreídos que se creen que lo saben todo y, en verdad aún no saben una mierda de nada solo traen problemas.
Por unos segundos, la imagen queda congelada, como un fotograma de una de Peckinpah. Una mosca gorda como un abejorro se golpea con tozudez contra la ventana; es persistente, como la estupidez humana; no debería querer salir, fuera solo hay desierto y lagartos esperando.
La cafetera descascarillada silva como un tren antes de partir; su interior hierve anunciando una tregua. El viejo tiene la impresión de que el joven forastero solo busca un lugar donde descansar, donde no se hagan preguntas incomodas. El anciano propietario no suele hacerlas, de esas, ni de las otras. Su política es vive y deja vivir. Así pues, ambos comparten ese momento - y muchos más que están por venir - sin apenas hablar; basta con un «hola» y un «adiós». Basta mirar al anciano a esos ojos azules para ver en ellos todo lo bueno que todavía hay en el mundo. Por su parte, el vetusto sabio, intuye cuales son las andanzas del joven y recuerda con nostalgia que cuando tenía la edad de su visitante, también solía tener las botas llenas de polvo.
martes, 21 de mayo de 2024
El último trago.
La última copa esperaba antes de la soga. La única misericordia permitida con los condenados antes de pasar por el patíbulo, donde aguardaba la soga grasienta. Bajaron del carromato a Maggie dos tipos fornidos que la condujeron hasta la taberna donde rechazó con un gesto esa deferencia para con los que debían ser ajusticiados. La multitud aguardaba en silencio, una masa deforme, expectante. Ya no llovía, pero podía hacerlo de nuevo en cualquier momento pues así lo anunciaba el vientre de la nube que cubría la ciudad. El mugriento verdugo y el escuálido alguacil aguardaban en el cadalso.
¿Unas últimas palabras? ¿Qué podía decir?, ¿debía arrepentirse de algo?, de ser prácticamente abandonada y vendida por su padre; de no amar a un hombre que siempre la trató como si fuera una inútil, una pertenencia; de amar en secreto a un joven y fornicar con él; de ocultar el fruto de su pecaminosa relación ¿Qué debía gritar?, ¿qué no quería morir, qué no merecía morir; acaso cambiaría con ello su destino? ¿Les daría esa satisfacción a los que allí se reunían para verla convertida en un guiñapo? Negó de nuevo con la cabeza y cerró los ojos mientras le ponían la capucha.
No hubo un túnel con una luz al final, nadie esperando, en realidad no hubo nada, solo la oscuridad total y una gran presión alrededor del cuello. El cuerpo quedó balanceándose como un pequeño péndulo. Fin de la historia, mañana habría otra ejecución, con suerte incluso dos. El espectáculo había terminado. Cuando la plaza quedó vacía, los ayudantes del verdugo descolgaron el cadáver y lo metieron en una sala donde un médico, que parecía no haber pasado una buena noche, o más bien todo lo contrario, a tenor del olor a alcohol que desprendía, observó las pupilas de la mujer ajusticiada y le tomó el pulso brevemente en la muñeca. Con un gesto afirmativo confirmó que efectivamente, esa mujer estaba muerta, firmando a continuación el acta de defunción con desgana. Qué lástima, qué desperdicio, una chica tan joven, tan voluptuosa. En fin, ya pueden llevársela.
Cuando uno de los sepultureros se disponía a sellar el ataúd armado con un martillo y unos clavos, de pronto, comprobó con estupor que el cuerpo se movía. No podía ser cierto, su embotado cerebro sin duda le engañaba. Se quedó petrificado, sujetando el martillo sin saber qué hacer, ¿sería su imaginación o realmente se había movido? ¿Qué pasa? Preguntó el que parecía el jefe de la cuadrilla; vamos, tapa ese ataúd de una maldita vez, que hay que subirlo a la carreta y llevarlo al cementerio. Jefe, no va a creerme, pero juraría, por el eterno reposo de todos mis antepasados, que se ha movido. Qué estupideces dices, ¿ya has estado empinando el codo otra vez, qué habíamos hablado de eso Malcolm, no te da vergüenza? Que no patrón, que no he probado ni un trago, se lo juro. El incrédulo patrón se acercó al dubitativo viejo y, cuando se disponía a pedirle que le echara el aliento, los ojos de éste parecieron salirse de sus arrugadas cuencas, el rostro se contrajo en una mueca de horror mientras que soltando el martillo y los clavos se quedó pegado a la pared, santiguándose repetidas veces. ¡Otra vez, otra vez! Mire patrón lo ha vuelto a hacer. ¿Qué coño estás...el patrón no terminó la frase, el grito que salió de la boca de la difunta dejó a los dos hombres helados. Los ojos de la mujer, completamente abiertos observaban el techo mientras su pecho se movía respirando con dificultad.
Mucho se habló y se especuló sobre el asunto de Maggie Dickson. Lo que ocurrió tras su resurrección fue motivo de toda clase de teorías, pero lo único cierto es que su caso sentó un precedente. Desde ese día, a los condenados a la pena capital, se los condenaba «a morir» en la horca. Como Maggie fue sentenciada a ser «ahorcada» y es obvio que la sentencia fue cumplida, la mujer quedó libre, pues no se podía repetir el ahorcamiento, aunque así lo pidieron a gritos muchos de los que se daban cita en Grassmarket.
Cuentan que en los días de ejecución, Maggie se asomaba al balcón de la taberna donde se bebía el último trago y les gritaba a los reos: tranquilos que no es para tanto.
jueves, 9 de mayo de 2024
Un día perfecto
Amaneció bajo un cielo mortecino. Los meteoritos seguían cayendo en una lluvia incesante de partículas que se desintegraban como los fuegos artificiales en las fiestas de verano. De vez en cuando, un relámpago cruzaba el horizonte con un destello cegador. Aquel lugar era pura electricidad. Desde donde el robot explorador esperaba una respuesta, podía divisarse todo el valle en su plenitud. El aterrizaje había sido un éxito, el pequeño artefacto desplegó su antena al poco de posar sus ruedas en el suelo.
Observó lo que tenía debajo, una superficie pegajosa y translúcida a través de la que se podían ver unas luces de un azul tan intenso como las Pléyades.
Según los datos de su memoria, el lugar de aterrizaje tendría que estar mucho más cerca del objetivo. Calculó la distancia que le separaba de su destino y comprobó que tenía la energía justa para llegar. Sin más demora se puso en marcha.
Llegó a su destino con la última fuente de energía casi agotada. Intentó conectar con el centro de control de la misión. No obtuvo respuesta. Probó todos los canales disponibles y lo único que pudo escuchar fue una especie de murmullo lejano. Esperó pacientemente las instrucciones desde el control de la misión. Nada, únicamente silencio. Avanzó un poco más, hasta el borde mismo del acantilado y contempló el paisaje; a lo lejos, miles de robots mensajeros como él yacían en el fondo de aquel profundo cañón, inertes. De haber tenido sangre, se le habría helado ante semejante desolación; gracias a su falta de sentimientos, no dudó ni por una fracción de segundo y, antes de agotar su energía entregó el mensaje.
La música se fue apagando lentamente, como cuando un dispositivo electrónico se queda sin pilas y la voz del cantante se extingue despacio, mientras los acordes se estiran penosamente. La voz sonaba débil, perdida en una lenta agonía… Oh, it's such a perfect day I'm glad I spend it with you Oh, such a perfect day ,You just keep me hanging on You just keep me hanging on…
Cuando el doctor conectó el escáner a la cabeza del anciano no hubo ninguna respuesta de las nanomáquinas inyectadas en su cerebro. Nuevo fracaso del experimento; por alguna razón que no comprendía, los nanorrobots no respondían a los ultrasonidos y se quedaban quietos, sin reaccionar, desparramados por las neuronas de aquel pobre anciano que ya no sabía quien era ni quien había sido.
Salió de la habitación con gesto serio, muy contrariado a consultar unos datos al ordenador justo cuando el anciano tumbado en la camilla dejaba escapar una lágrima.
jueves, 4 de abril de 2024
A salvo.
En la orilla las olas juegan con los cadáveres. No son crueles, solo empujan hasta la orilla a esos pobres guiñapos que terminan tendidos sobre un reguero de espuma carmesí.
Silencio, ya no hay gritos ni lamentos y las explosiones han cesado por fin. Todo está en calma y estoy a salvo por ahora. Solo es cuestión de tiempo y estaré también tendido en el suelo agonizando, esperando a la muerte, pero ahora contemplo las nubes y el cielo sobre mí. Respiro profundamente y ya no tengo miedo.
Ojalá pudiera guardar este momento para siempre, permanecer aquí en esta quietud. Hay tanta belleza en el mundo.
Inspirado en la imagen final de una película...
lunes, 4 de marzo de 2024
El extraño regreso.
Tres monedas de
cobre en el interior de una caja de cartón sucia y arrugada. Hoy no ha
sido un buen día ¿Cuándo dejaron de serlo? Tan exigua cantidad no da ni para un
café. Cansada de tantas penurias, siente el aguijón de la nostalgia como una
astilla clavada en lo más profundo de su piel. Apenas recuerda su anterior
vida.
¿Dónde quedaron
esos días en los que vivía plácidamente en un hogar donde siempre estaba llena
de galletas, descansando plácidamente en la segunda balda de la estantería,
junto al bote de Cola-Cao y al tarro de Nescafé?
Como echaba de
menos aquella vida. El silencio de aquella cocina, donde se amontonaban los
platos sin fregar bajo el goteo interminable de un grifo mal cerrado, el olor a
comida en ebullición que se escapaba de la casa, inundando la escalera por la
que subía despacio y resoplando Miguel, transportando la barra de pan recién
hecho que nunca llegaba entera a casa, porque su nieto Andrés se la quitaba de
camino a casa.
No hay mayor
verdad que esta: la felicidad es efímera, pues tarde o temprano ocurre alguna
desgracia. Un día muy temprano, cuando todavía no había amanecido y las calles
mojadas olían a césped recién cortado, la última galleta - sacada de su refugio
de cartón - fue arrojada a un pozo de café hirviendo donde se transformó en una
especie de papilla deforme que al instante fue devorada.
No hubo piedad
para la caja de cartón que para nada servía ya, por lo que fue arrojada a un
contenedor repleto de inmundicia putrefacta. La pobre caja no podía imaginar
una crueldad peor que esa ¿Por qué no la metieron en el contenedor azul? ¿Cuál
había sido su crimen?
Todo estaba
perdido, terminaría sus días pudriéndose al sol en un inmenso vertedero lleno
de trastos viejos y oxidados. Un cementerio de chatarra donde moran, además de
pequeñas alimañas a la caza de alimento, niños de piel oscura que buscan entre
la basura los restos de su infancia robada.
¿Qué podía ser
peor que eso? ¡El fuego! ¿Y si me llevan a una planta incineradora? Me
convertiré en un puñado de cenizas esparcidas por el viento contaminado de la
ciudad. El pánico se apoderó de ella. Así es como debían sentirse los
condenados a la hoguera.
Mientras temblaba
en la oscuridad del contenedor hediondo esperando a oír en cualquier momento
el sonido del camión que la llevaría hasta el patíbulo sollozando entre restos
de comida podrida y esos pequeños insectos que le producían escalofríos,
ocurrió un milagro. De pronto, el contenedor se abrió, dejando entrar una
corriente de aire limpio y fresco. Unas manos mugrientas se zambulleron sin
miedo ni escrúpulos entre la basura y de entre toda aquella porquería removida sacó a la pequeña caja de cartón.
El éxtasis que
experimentó ante su liberación, pronto se tornó incertidumbre ante su nueva
situación, pero cualquier cosa era mejor que ese pozo tenebroso.
De esta forma, pasó a formar parte del montón de pertenencias que su ángel liberador poseía. Un perro tuerto y pulgoso, además de famélico y gruñón —de nombre Tumbado pues según su dueño, eso era lo único que hacía ese perro pulgoso en todo el día— un par de mantas roñosas que desprendían un terrible olor, una gabardina de un color irreconocible y un Pinocho al que no le quedaba ni una pizca de barniz.
«No me mires así,
tú tampoco estás para tirar cohetes y hueles fatal»
Estas pertenencias
eran transportadas por un carrito de la compra sustraído de un magnífico y
luminoso centro comercial con malas artes, sin que nadie le preguntara si
deseaba partir en tan sucia compañía, de ahí que rodara siempre a desgana,
obligado a moverse a empujones por un secuestrador por el que no sentía ninguna
simpatía.
Así fue como la
caja de cartón pasó de su estancia cómoda y tranquila en una cocina pequeña y
acogedora a vivir en la indigencia.
Ahora pasaba las
horas empapada en alcohol, de iglesia en iglesia, blasfemando y escupiendo a
las viejas beatas, «malditas tacañas que no echan ni una mísera moneda».
El frío era duro,
pero era peor la lluvia; todo el mundo sabe como se queda el cartón cuando se
seca después de haber estado empapado. Da mucha pena.
Poco a poco, esa vida errante que al principio le parecía triste y miserable, fue haciéndose más soportable y, aunque resulte difícil de creer, llegó incluso a disfrutar de algunos momentos de felicidad entre aquellos mendigos que peleaban —incluso con uñas y dientes si llegaba el caso— por la posesión de un banco donde dormir en las noches de verano.
Pasaron los años y con ellos se fue Samuel, al que la pequeña caja de galletas llegó a querer como a un padre. Expiró mientras su perro lamía esa mano —ahora dura y fría— que tantas veces lo había acariciado.
No hubo coronas de
flores en el funeral, tampoco una larga comitiva de coches en lenta procesión.
Solo un par de amigos del difunto acudieron a su despedida de este mundo que
tan mal lo trató.
Laurel y Hardy,
como solía llamarlos su difunto amigo, lloraban y moqueaban mientras compartían
una botella con un mejunje que parecía coñac, pero que bien podría ser
cualquier otra cosa.
Un hombre que
tenía frases para todo, no pudo tener una para su sepultura. Ni discursos, ni
curas, así debía de ser. Solo esos dos tipos estrafalarios comportándose como
dos estúpidas plañideras.
Tumbado permaneció
varios días deambulando por el cementerio, hasta que una mañana lluviosa, huyendo
de los enterradores, cruzó la calle en mal momento. Su cuerpo quebrado sobre el
asfalto, quedó como a él le gustaba estar. La muerte suele tener esa clase de
ironías tan cómicas.
Tras la muerte de
Samuel, la caja de cartón pasó a formar parte de las pertenencias del dúo
cómico que se lo repartieron todo al cincuenta por ciento, sin discutir, como
dos buenos amigos.
Tras una tormenta
horrible, la pobre caja quedó tan arrugada y deteriorada que apenas servía para
alojar en su interior nada. El plástico o el metal siempre se imponen al pobre
cartón, relegando a este a únicamente poder alojar objetos sin peso ni valor. Hardy
entregó la decrépita caja a un tipo bizco que conducía un camión repleto de sus
semejantes.
Mucho tiempo pasó la caja huérfana en la sombra
del olvido, en un oscuro almacén donde se amontonaban toneladas de papel
amarillo. Cientos de revistas con imágenes de deportistas que ya no eran ni la
sombra de esos cuerpos musculosos que disfrutaron del éxito y la juventud; actores famosos y estrellas del rock, se amontonaban junto a libros que
tuvieron su momento de gloria. Obras geniales, escritas por autores
consagrados, enmohecían a la espera de que les llegara el momento de la
metamorfosis ¿En qué se convertirían? ¿Dónde irían a parar todas esas palabras
durante el proceso de cambio?
Cuando Andrés cerró la puerta, abrió con gran
expectación el paquete que el cartero acababa de entregarle. Pasó las yemas de
los dedos sobre la portada del libro mientras contenía el aliento, por fin se
atrevió a abrirlo y comenzó a leer:
A mi padre se lo
llevaron una mañana de abril. Aún recuerdo lo último que me dijo: «no malgastes
tu vida, haz que valga la pena». Dos años después, un pelotón de fusilamiento
ejecutó la sentencia frente al muro de un antiguo convento. La fosa y la cal
aguardaban a pocos metros. En su última carta, escondida durante años, tras un
adoquín del patio de la cárcel, que se movía como los dientes de los presos
enfermos y desnutridos, escribió lo siguiente:
Saldré de aquí
como el vapor que se cuela por las rendijas y las pequeñas grietas que
encuentra, lejos de tanta ruina y desolación. Volando, como un insecto hacia la
luz en una noche calurosa, llena de calles vacías y farolas que ocultan las
estrellas a los que hablan susurrando bajo su luz. Entraré en las casas por las
ventanas abiertas que dejan escapar los sonidos de la televisión, ondas
caprichosas que se cuelan por los patios y rebotan en los edificios formando el
sonido del verano. Solo os pediré una cosa, recordadme, pues de este modo algo
quedará de mí.
Gracias al enterrador, las cartas que mi padre escribió desde la cárcel —una cada mes— no quedaron en el olvido y, cuando el horror y el miedo cesaron, llegaron hasta mí.
Cerró el libro y
lo depositó sobre la estantería. Estaba exultante, había conseguido por fin
cumplir su sueño. Sintió una punzada de dolor al ver el retrato de su abuelo.
«Ojalá estuvieras aquí para leerlo».
La casa había cambiado un poco,
había cuadros nuevos y los muebles estaban en distinta posición. Ya no vivía allí
el anciano Miguel y el nieto ya no era un muchacho flacucho que devoraba barras
de pan y soñaba con ser escritor. Había pasado mucho tiempo, pero lo importante
es que estaba de nuevo en casa, y ahora era uno de esos libros con las tapas
duras, y en la cocina olía de nuevo a café.
Grandes lecturas
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Retened en vuestra mente esos momentos que no perdurarán, pues su propia esencia se lo impide. Esos instantes perfectos que apenas duran uno...
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Ahora que estamos a solas tú y yo, quiero aprovechar para decirte algunas cosas. Tranquilo Paco, no son reproches. Ya sé que no te gusta que...
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¡ Despierta gandul, que es hora de ordeñar a las vacas! ¿Qué coño te pasa hoy? Vamos, mueve ese culo negro hasta el establo. Sin saber d...
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¡Yo os maldigo por salir de la caverna!
Primera ley de la Filosofía: Por cada Filósofo, existe otro filósofo igual y opuesto. Segunda ley de la Filosofía: Ambos filósofos están equivocados. Corolario: Una gran verdad es una verdad cuyo opuesto es también una gran verdad.










