Tres monedas de
cobre en el interior de una caja de cartón sucia y arrugada. Hoy no ha
sido un buen día ¿Cuándo dejaron de serlo? Tan exigua cantidad no da ni para un
café. Cansada de tantas penurias, siente el aguijón de la nostalgia como una
astilla clavada en lo más profundo de su piel. Apenas recuerda su anterior
vida.
¿Dónde quedaron
esos días en los que vivía plácidamente en un hogar donde siempre estaba llena
de galletas, descansando plácidamente en la segunda balda de la estantería,
junto al bote de Cola-Cao y al tarro de Nescafé?
Como echaba de
menos aquella vida. El silencio de aquella cocina, donde se amontonaban los
platos sin fregar bajo el goteo interminable de un grifo mal cerrado, el olor a
comida en ebullición que se escapaba de la casa, inundando la escalera por la
que subía despacio y resoplando Miguel, transportando la barra de pan recién
hecho que nunca llegaba entera a casa, porque su nieto Andrés se la quitaba de
camino a casa.
No hay mayor
verdad que esta: la felicidad es efímera, pues tarde o temprano ocurre alguna
desgracia. Un día muy temprano, cuando todavía no había amanecido y las calles
mojadas olían a césped recién cortado, la última galleta - sacada de su refugio
de cartón - fue arrojada a un pozo de café hirviendo donde se transformó en una
especie de papilla deforme que al instante fue devorada.
No hubo piedad
para la caja de cartón que para nada servía ya, por lo que fue arrojada a un
contenedor repleto de inmundicia putrefacta. La pobre caja no podía imaginar
una crueldad peor que esa ¿Por qué no la metieron en el contenedor azul? ¿Cuál
había sido su crimen?
Todo estaba
perdido, terminaría sus días pudriéndose al sol en un inmenso vertedero lleno
de trastos viejos y oxidados. Un cementerio de chatarra donde moran, además de
pequeñas alimañas a la caza de alimento, niños de piel oscura que buscan entre
la basura los restos de su infancia robada.
¿Qué podía ser
peor que eso? ¡El fuego! ¿Y si me llevan a una planta incineradora? Me
convertiré en un puñado de cenizas esparcidas por el viento contaminado de la
ciudad. El pánico se apoderó de ella. Así es como debían sentirse los
condenados a la hoguera.
Mientras temblaba
en la oscuridad del contenedor hediondo esperando a oír en cualquier momento
el sonido del camión que la llevaría hasta el patíbulo sollozando entre restos
de comida podrida y esos pequeños insectos que le producían escalofríos,
ocurrió un milagro. De pronto, el contenedor se abrió, dejando entrar una
corriente de aire limpio y fresco. Unas manos mugrientas se zambulleron sin
miedo ni escrúpulos entre la basura y de entre toda aquella porquería removida sacó a la pequeña caja de cartón.
El éxtasis que
experimentó ante su liberación, pronto se tornó incertidumbre ante su nueva
situación, pero cualquier cosa era mejor que ese pozo tenebroso.
De esta forma, pasó a formar parte del montón de pertenencias que su ángel liberador poseía. Un perro tuerto y pulgoso, además de famélico y gruñón —de nombre Tumbado pues según su dueño, eso era lo único que hacía ese perro pulgoso en todo el día— un par de mantas roñosas que desprendían un terrible olor, una gabardina de un color irreconocible y un Pinocho al que no le quedaba ni una pizca de barniz.
«No me mires así,
tú tampoco estás para tirar cohetes y hueles fatal»
Estas pertenencias
eran transportadas por un carrito de la compra sustraído de un magnífico y
luminoso centro comercial con malas artes, sin que nadie le preguntara si
deseaba partir en tan sucia compañía, de ahí que rodara siempre a desgana,
obligado a moverse a empujones por un secuestrador por el que no sentía ninguna
simpatía.
Así fue como la
caja de cartón pasó de su estancia cómoda y tranquila en una cocina pequeña y
acogedora a vivir en la indigencia.
Ahora pasaba las
horas empapada en alcohol, de iglesia en iglesia, blasfemando y escupiendo a
las viejas beatas, «malditas tacañas que no echan ni una mísera moneda».
El frío era duro,
pero era peor la lluvia; todo el mundo sabe como se queda el cartón cuando se
seca después de haber estado empapado. Da mucha pena.
Poco a poco, esa vida errante que al principio le parecía triste y miserable, fue haciéndose más soportable y, aunque resulte difícil de creer, llegó incluso a disfrutar de algunos momentos de felicidad entre aquellos mendigos que peleaban —incluso con uñas y dientes si llegaba el caso— por la posesión de un banco donde dormir en las noches de verano.
Pasaron los años y con ellos se fue Samuel, al que la pequeña caja de galletas llegó a querer como a un padre. Expiró mientras su perro lamía esa mano —ahora dura y fría— que tantas veces lo había acariciado.
No hubo coronas de
flores en el funeral, tampoco una larga comitiva de coches en lenta procesión.
Solo un par de amigos del difunto acudieron a su despedida de este mundo que
tan mal lo trató.
Laurel y Hardy,
como solía llamarlos su difunto amigo, lloraban y moqueaban mientras compartían
una botella con un mejunje que parecía coñac, pero que bien podría ser
cualquier otra cosa.
Un hombre que
tenía frases para todo, no pudo tener una para su sepultura. Ni discursos, ni
curas, así debía de ser. Solo esos dos tipos estrafalarios comportándose como
dos estúpidas plañideras.
Tumbado permaneció
varios días deambulando por el cementerio, hasta que una mañana lluviosa, huyendo
de los enterradores, cruzó la calle en mal momento. Su cuerpo quebrado sobre el
asfalto, quedó como a él le gustaba estar. La muerte suele tener esa clase de
ironías tan cómicas.
Tras la muerte de
Samuel, la caja de cartón pasó a formar parte de las pertenencias del dúo
cómico que se lo repartieron todo al cincuenta por ciento, sin discutir, como
dos buenos amigos.
Tras una tormenta
horrible, la pobre caja quedó tan arrugada y deteriorada que apenas servía para
alojar en su interior nada. El plástico o el metal siempre se imponen al pobre
cartón, relegando a este a únicamente poder alojar objetos sin peso ni valor. Hardy
entregó la decrépita caja a un tipo bizco que conducía un camión repleto de sus
semejantes.
Mucho tiempo pasó la caja huérfana en la sombra
del olvido, en un oscuro almacén donde se amontonaban toneladas de papel
amarillo. Cientos de revistas con imágenes de deportistas que ya no eran ni la
sombra de esos cuerpos musculosos que disfrutaron del éxito y la juventud; actores famosos y estrellas del rock, se amontonaban junto a libros que
tuvieron su momento de gloria. Obras geniales, escritas por autores
consagrados, enmohecían a la espera de que les llegara el momento de la
metamorfosis ¿En qué se convertirían? ¿Dónde irían a parar todas esas palabras
durante el proceso de cambio?
Cuando Andrés cerró la puerta, abrió con gran
expectación el paquete que el cartero acababa de entregarle. Pasó las yemas de
los dedos sobre la portada del libro mientras contenía el aliento, por fin se
atrevió a abrirlo y comenzó a leer:
A mi padre se lo
llevaron una mañana de abril. Aún recuerdo lo último que me dijo: «no malgastes
tu vida, haz que valga la pena». Dos años después, un pelotón de fusilamiento
ejecutó la sentencia frente al muro de un antiguo convento. La fosa y la cal
aguardaban a pocos metros. En su última carta, escondida durante años, tras un
adoquín del patio de la cárcel, que se movía como los dientes de los presos
enfermos y desnutridos, escribió lo siguiente:
Saldré de aquí
como el vapor que se cuela por las rendijas y las pequeñas grietas que
encuentra, lejos de tanta ruina y desolación. Volando, como un insecto hacia la
luz en una noche calurosa, llena de calles vacías y farolas que ocultan las
estrellas a los que hablan susurrando bajo su luz. Entraré en las casas por las
ventanas abiertas que dejan escapar los sonidos de la televisión, ondas
caprichosas que se cuelan por los patios y rebotan en los edificios formando el
sonido del verano. Solo os pediré una cosa, recordadme, pues de este modo algo
quedará de mí.
Gracias al enterrador, las cartas que mi padre escribió desde la cárcel —una cada mes— no quedaron en el olvido y, cuando el horror y el miedo cesaron, llegaron hasta mí.
Cerró el libro y
lo depositó sobre la estantería. Estaba exultante, había conseguido por fin
cumplir su sueño. Sintió una punzada de dolor al ver el retrato de su abuelo.
«Ojalá estuvieras aquí para leerlo».
La casa había cambiado un poco,
había cuadros nuevos y los muebles estaban en distinta posición. Ya no vivía allí
el anciano Miguel y el nieto ya no era un muchacho flacucho que devoraba barras
de pan y soñaba con ser escritor. Había pasado mucho tiempo, pero lo importante
es que estaba de nuevo en casa, y ahora era uno de esos libros con las tapas
duras, y en la cocina olía de nuevo a café.
Tremendo viaje de una caja de cartón, de la vida. En un texto que se lee muy rápido. Enhorabuena!!
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