Era un día importante en Mierdonia. Estaban
reunidos todos los mierdistros. Ninguno tenía excusa para no estar presente en
tan magna ocasión. El mierdistro de populismo y auténtica fe, parecía nervioso,
tanto como cuando se celebraba el día de la resurrección del profeta Puturrú que,
como todo el mundo ya sabía, se alzó de entre los muertos con un mensaje claro
y rotundo que liberó por fin a los pueblos oprimidos de la tierra, de la tiranía
bolchivariana y cientifiquista y otras aún peor que no se deben
citar aquí por respeto al profeta. Herejes todos ellos y ellas, sobre todo
ellas…
Para calmar su nervios, el miesdistro repetía
como si fuera un mantra las proféticas palabras del Santo Puturrú: Libertad, hermanos, libertad para los que sean buenos y guapos
y los meritorios, para los triunfadores como mi papá y mi mamá; para el resto pobreza
y marginación, eso es lo que os aguarda, por descreídos y vagos. He dicho.
El mierdistro de fútbol, toros y cultura
auténtica; como de costumbre se hurgaba la nariz y la entrepierna. Dado que aún
quedaban unos minutos para que su majestad el teocratador Mierdonio Primero,
iluminara con su magna presencia el recinto del parlamento, el hombrecillo de
ojillos de rata, salió del insigne recinto para meterse en el bar de la esquina.
Tomarse un sol y sombra era lo que necesitaba para calmar el mono y, de paso
coger algún palillo para mordisquearlo cuando se le preguntara por la última
quema de libros prohibidos. Nunca se le dio bien hablar en público al pobre
hombre. Menos mal que ya no existían las ruedas de prensa.
Por su parte, el mierdistro de salud y alegría parecía un poco enfermo. Tal vez se encontraba mal tras la ingestión de ese nuevo fármaco milagroso, que además de producir erecciones extraordinarias, alargaba la vida notoriamente (salvo muerte por algún que otro efecto secundario, sobre el que se estaba aún trabajando). Nuevo fármaco diseñado por un chambelán del teocratador, aficionado a la alquimia y por el propio mierdistro que estaba azul y muy sudoroso. Esa curiosa pigmentación, le daba un aspecto que, junto a su escasa estatura, había creado sensación. El ministro de guerra e invasión había hecho un comentario muy gracioso —que todos los presentes celebraron con sonoras carcajadas— sobre el aspecto de su homónimo: «Pareces el pitufo lameculos». Buena camaradería, eso que no falte.
La expectación era máxima entre todos los
presentes; mierdistros y mierputados, miercardes, y otros mierdillos de menor
graduación, llegados de todos los rincones del país, vestían sus mejores galas
para lo que debía ser un día histórico. En la calle, el populacho, compuesto por
lo más florido de la nación: pervertidos, rijosos, sátiros, esquineros,
maleantes, adictos, violadores, malparidos, lameplatos, trileros, villanos, tartufos,
bufones, pisaverdes, descuideros, idólatras, tiralevitas, conversos,
fantoches, adivinos, nigromantes, funambulistas, ablandahigos, cleptómanos…
aguardaba impaciente la llegada de su nuevo teocratador, que, tras ser ungido
por el mierdispo en la catedral, sería conducido en olor de multitudes hasta el
congreso, donde juraría ante los allí presentes que todos los mierdanos unidos
bajo su cetro, serían felices para siempre. Amén.

