Mediocres del mundo ¡Me río en vuestra cara!

sábado, 14 de marzo de 2026

El hombre del tiempo.

 

¿Por qué te tiran cosas, hijo? No logro entenderlo. Es porque soy famoso, supongo que no le puedes caer bien a todo el mundo. Yo también soy famoso; tengo un jodido premio Pulitzer y nadie me ha arrojado un batido de fresa o un donut desde una furgoneta, jamás. No tiene sentido, es absurdo. Será que tú eres respetable; yo solo soy «El hombre del tiempo» de una cadena local. Supongo que llevo escrito en la cara: soy un cretino, puedes pagar conmigo tu rabia y frustración. No le des más vueltas papá, tan poco me pasa todos los días. Joder, hijo ya me quedo más tranquilo.

Así es mi vida. Mi padre es alguien importante; el Spritzel al que nadie insulta; el escritor admirado y respetado. Su hijo en cambio es un pobre idiota que da predicciones que no gustan; la nieve o la lluvia, las olas de calor, los tifones y los huracanes, nunca satisfacen a nadie. Ni que fuera culpa mía joderles el fin de semana de pesca. Si ni siquiera soy climatólogo o algo parecido. Estudié periodismo y cuando me hicieron la prueba en el canal de televisión, la única plaza que me ofrecieron fue esa. Diez años después ahí sigo, pero el salto a una cadena importante, de nivel nacional está cada vez más cerca. Seguro que cuando me mude a la Gran Manzana nadie se atreverá a reírse de mí. Mientras llega ese día, debo ser paciente y seguir practicando el tiro con arco. Pero sobre todo, debo recordar que si quiero volver a tener una familia medianamente normal, nunca, nunca más debo olvidarme de la salsa tártara.

Inspirado en la película “El hombre del tiempo” Gore Verbinski. 2008.



martes, 10 de febrero de 2026

Los nihilistas


«Tenga cuidado, esos tipos son nihilistas, no creen en nada». Demasiado tarde. En cuanto la frase salió de la boca del pobre infeliz, el tipo del bombín abrió fuego. La bala se incrustó en la mollera de quién había lanzado esa acusación tan falsa como innecesaria. No iba dirigida a él, pero se puso en medio el muy cretino y terminó en el suelo con un agujero en el cráneo del que brotaba un chorrillo se sangre que iba formando un charco pegajoso en las baldosas blancas del suelo de la taberna. En cuanto al tipo al que el incauto desconocido intentaba alertar, se quedó como una estatua. Todo pasó muy rápido. Al momento, ya no estaban en la taberna ni los asesinos ni a quién buscaban. El tipo que disparó no era nihilista, al menos en el sentido filosófico que se le pueda dar a ese calificativo. Era solo un tipo corriente que nada sabía de esa clase de pensamiento tan denostado por otras corrientes filosóficas, políticas y religiosas de la época. Sea como fuere, el tipo que yacía en el suelo solo pretendía salvar al policía que era conducido a empellones calle abajo por esos tipos salidos de la nada. Dos individuos que poco o nada sabían de esa terminología ni de su creador y, tampoco de quién lo popularizó después; dos filósofos que se llamaban Friedrich, lo mismo que los dos secuestradores que corrían calle abajo con el policía chorreando miedo y meado por los adoquines. Esas casualidades, por increíbles que parezcan a veces pasan.

Plenamente consciente de lo que le esperaba, el pobre miserable, despojado de su dignidad y de su arma, pedía clemencia arrodillado. «Fue un accidente, lo juro por Dios». «Asesino y mentiroso. Violar y degollar a una criatura inocente es algo imposible de considerar como un accidente». «Púdrete en el infierno, miserable».

Friedrich Müller y Friedrich Weber eran hombres rudos, feroces y sin escrúpulos. Tal vez no fueran un modelo de conducta, tal vez incluso fueran malas personas, pero lo que sí es seguro, es que no eran nihilistas.






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No tiene buena pinta este tipo ¿Qué hacemos con él? Dejadle que siga escribiendo...

¡Yo os maldigo por salir de la caverna!

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Primera ley de la Filosofía: Por cada Filósofo, existe otro filósofo igual y opuesto. Segunda ley de la Filosofía: Ambos filósofos están equivocados. Corolario: Una gran verdad es una verdad cuyo opuesto es también una gran verdad.

¡Escuchad al profe, zoquetes!

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