«Tenga cuidado, esos
tipos son nihilistas, no creen en nada». Demasiado tarde. En cuanto la frase
salió de la boca del pobre infeliz, el tipo del bombín abrió fuego. La bala se
incrustó en la mollera de quién había lanzado esa acusación tan falsa como
innecesaria. No iba dirigida a él, pero se puso en medio el muy cretino y
terminó en el suelo con un agujero en el cráneo del que brotaba un chorrillo se
sangre que iba formando un charco pegajoso en las baldosas blancas del suelo de
la taberna. En cuanto al tipo al que el incauto desconocido intentaba alertar, se
quedó como una estatua. Todo pasó muy rápido. Al momento, ya no
estaban en la taberna ni los asesinos ni a quién buscaban. El tipo que disparó
no era nihilista, al menos en el sentido filosófico que se le pueda dar a ese calificativo.
Era solo un tipo corriente que nada sabía de esa clase de pensamiento tan
denostado por otras corrientes filosóficas, políticas y religiosas de la época.
Sea como fuere, el tipo que yacía en el suelo solo pretendía salvar al policía
que era conducido a empellones calle abajo por esos tipos salidos de la nada.
Dos individuos que poco o nada sabían de esa terminología ni de su creador y,
tampoco de quién lo popularizó después; dos filósofos que se llamaban Friedrich,
lo mismo que los dos secuestradores que corrían calle abajo con el policía
chorreando miedo y meado por los adoquines. Esas casualidades, por increíbles
que parezcan a veces pasan.
Plenamente consciente
de lo que le esperaba, el pobre miserable, despojado de su dignidad y de su
arma, pedía clemencia arrodillado. «Fue un
accidente, lo juro por Dios». «Asesino y mentiroso. Violar y degollar a una
criatura inocente es algo imposible de considerar como un accidente». «Púdrete
en el infierno, miserable».
Friedrich Müller y Friedrich Weber eran hombres rudos,
feroces y sin escrúpulos. Tal vez no fueran un modelo de conducta, tal vez
incluso fueran malas personas, pero lo que sí es seguro, es que no eran
nihilistas.

