Tras la muerte por envenenamiento —como manda la
tradición— de Cagallón VI, su hijo Mierdonio —el mismo que le entregó la copa
con arsénico— tenía mucho trabajo por delante. Era Obvio que su padre no había
sido el emperador absolutista que prometió ser cuando accedió al trono —pasando
olímpicamente de la tradición del veneno— tras decapitar a su padre Mojón III mientras
el pobre insensato dormía en el trono borracho perdido.
En los últimos años Cagallón se había dedicado a
comer y fornicar de manera compulsiva, dejando de lado asuntos tan importantes
como las ejecuciones y las torturas que al viejo monarca ya no divertían como
de joven, algo normal después de presenciar tantas y tantas. Mucho se relajaron
los ciudadanos de Zurullia que, ante la pasividad de su monarca en cuanto a las
prohibiciones sobre peinados y vestimenta, comenzaron a dejarse melena, rizarse el pelo al
estilo afro y vestir como esos jipis zarrapastrosos. Algo insólito ¿Qué sería lo próximo, usar camisas hawaianas? Algo
que siempre estuvo prohibido bajo pena de destierro, eso como poco.
En cuanto
al culto al profeta Puturrú, el monarca era cade vez menos devoto, lo mismo que
sus ministros, que eran todos un atajo de patanes, como así estaba establecido
en la constitución que promulgó siglos atrás el gran Cagarrico II. Donde
quedaba bien claro que estos no podían superar un cociente intelectual de ochenta
y cinco —el que tenía el bueno de Cagarrico— en ningún caso y, por descontado, debían ser todos hombres de raza
blanca. La gota que colmó el vaso de la paciencia de Mierdonio fue que su padre
nombró a una mujer ministra de Actividades Pueriles y Sin Sentido, ministerio
de suma importancia en cuanto a la educación, tanto o más que el Ministerio de
Bailes estúpidos. No, esto no podía seguir así, su padre estaba chocheando
peligrosamente. Era hora de poner orden en el imperio. Lo primero que haría, tras «suceder» a su padre, sería
cambiar el título de emperador por teocratador, que no sabía muy bien que significaba
pero le gustaba mucho por haberlo inventado él. Los ministros serían todos destituidos
por decreto firmado en el hacha del verdugo; pasando los nuevos, que como ya se
ha dicho, no podían superar en inteligencia a su nuevo teocratador, a llamarse
mierdistros, como lo harían el resto de cargos públicos. Desde el día de su
proclamación, todos los cargos públicos llevarían el prefijo mier precediendo al cargo.
La nación
pasaba a llamarse Mierdonia en honor a su nuevo líder militar, espiritual, etcétera,
etcétera. Los mapas debían ser corregidos en el plazo de un mes. Así pues, los
Zurullones, hombres y mujeres de frente ancha y cejijunta, pueblo duro como el
terruño y basto como el esparto, se convirtieron en mierdonios, que para el caso…
Algunos de los nuevos mierdistros de Mierdonia.