Mediocres del mundo ¡Me río en vuestra cara!

jueves, 3 de septiembre de 2026

Las crónicas de Mierdonia. Capítulo dos. Poniendo orden.

 

Tras la muerte por envenenamiento —como manda la tradición— de Cagallón VI, su hijo Mierdonio —el mismo que le entrego la copa con arsénico— tenía mucho trabajo por delante. Era Obvio que su padre no había sido el emperador absolutista que prometió ser cuando accedió al trono —pasando olímpicamente de la tradición del veneno— tras decapitar a su padre Mojón III mientras el pobre insensato dormía en el trono borracho perdido.

En los últimos años Cagallón se había dedicado a comer y fornicar de manera compulsiva, dejando de lado asuntos tan importantes como las ejecuciones y las torturas que al viejo monarca ya no divertían como de joven, algo normal después de presenciar tantas y tantas. Mucho se relajaron los ciudadanos de Zurullia que, ante la pasividad de su monarca en cuanto a las prohibiciones sobre peinados y vestimenta, comenzaron a dejarse melena, rizarse  el pelo al estilo afro y vestir como esos jipis zarrapastrosos. Algo insólito ¿Qué sería lo próximo, usar camisas hawaianas? Algo que siempre estuvo prohibido bajo pena de destierro, eso como poco. 

En cuanto al culto al profeta Puturrú, el monarca era cade vez menos devoto, lo mismo que sus ministros, que eran todos un atajo de patanes, como así estaba establecido en la constitución que promulgó siglos atrás el gran Cagarrico II. Donde quedaba bien claro que estos no podían superar un cociente intelectual de ochenta y cinco —el que tenía el bueno de Cagarrico en ningún caso y, por descontado, debían ser todos hombres de raza blanca. La gota que colmó el vaso de la paciencia de Mierdonio fue que su padre nombró a una mujer ministra de Actividades Pueriles y Sin Sentido, ministerio de suma importancia en cuanto a la educación, tanto o más que el Ministerio de Bailes estúpidos. No, esto no podía seguir así, su padre estaba chocheando peligrosamente. Era hora de poner orden en el imperio. Lo primero que haría, tras «suceder» a su padre, sería cambiar el título de emperador por teocratador, que no sabía muy bien que significaba pero le gustaba mucho por haberlo inventado él. Los ministros serían todos destituidos por decreto firmado en el hacha del verdugo; pasando los nuevos, que como ya se ha dicho, no podían superar en inteligencia a su nuevo teocratador, a llamarse mierdistros, como lo harían el resto de cargos públicos. Desde el día de su proclamación, todos los cargos públicos llevarían el prefijo mier precediendo al cargo. 

La nación pasaba a llamarse Mierdonia en honor a su nuevo líder militar, espiritual, etcétera, etcétera. Los mapas debían ser corregidos en el plazo de un mes. Así pues, los Zurullones, hombres y mujeres de frente ancha y cejijunta, pueblo duro como el terruño y basto como el esparto, se convirtieron en mierdonios, que para el caso…


Algunos de los nuevos mierdistros de Mierdonia.


 

lunes, 24 de agosto de 2026

Las crónicas de Mierdonia. Capítulo uno. Mierdonio I

 

Era un día importante en Mierdonia. Estaban reunidos todos los mierdistros. Ninguno tenía excusa para no estar presente en tan magna ocasión. El mierdistro de Populismo y Auténtica Fe, parecía nervioso, tanto como cuando se celebraba el día de la resurrección del profeta Puturrú que, como todo el mundo ya sabía, se alzó de entre los muertos con un mensaje claro y rotundo que liberó por fin a los pueblos oprimidos de la tierra, de la tiranía bolchivariana y cientifiquista y otras aún peor que no se deben citar aquí por respeto al profeta. Herejes todos ellos y ellas, sobre todo ellas…

Para calmar su nervios, el miesdistro repetía como si fuera un mantra las proféticas palabras del Santo Puturrú: Libertad, hermanos, libertad para los que sean buenos y guapos y los meritorios, para los triunfadores como mi papá y mi mamá; para el resto pobreza y marginación, eso es lo que os aguarda, por descreídos y vagos. He dicho.

El mierdistro de Fútbol, Toros y Cultura Auténtica; como de costumbre se hurgaba la nariz y la entrepierna. Dado que aún quedaban unos minutos para que su majestad el teocratador Mierdonio Primero, iluminara con su magna presencia el recinto del parlamento, el hombrecillo de ojillos de rata, salió del insigne recinto para meterse en el bar de la esquina. Tomarse un sol y sombra era lo que necesitaba para calmar el mono y, de paso coger algún palillo para mordisquearlo cuando se le preguntara por la última quema de libros prohibidos. Nunca se le dio bien hablar en público al pobre hombre. Menos mal que ya no existían las ruedas de prensa.

Por su parte, el mierdistro de Salud y Alegría parecía un poco enfermo. Tal vez se encontraba mal tras la ingestión de ese nuevo fármaco milagroso, que además de producir erecciones extraordinarias, alargaba la vida notoriamente (salvo muerte por algún que otro efecto secundario, sobre el que se estaba aún trabajando). Nuevo fármaco diseñado por un chambelán del teocratador, aficionado a la alquimia y por el propio mierdistro que estaba azul y muy sudoroso. Esa curiosa pigmentación, le daba un aspecto que, junto a su escasa estatura, había creado sensación. El ministro de Guerra e Invasión había hecho un comentario muy gracioso que todos los presentes celebraron con sonoras carcajadas— sobre el aspecto de su homónimo: «Pareces el pitufo lameculos». Buena camaradería, eso que no falte.

La expectación era máxima entre los presentes; mierdistros y mierputados, miercardes y otros mierdillos de menor graduación llegados de todos los rincones del país vestían sus mejores galas para lo que debía ser un día histórico. En la calle, el populacho, compuesto por lo más florido de la nación: pervertidos, rijosos, sátiros, esquineros, maleantes, adictos, violadores, malparidos, lameplatos, trileros, villanos, tartufos, bufones, pisaverdes, descuideros, idólatras, tiralevitas, conversos, fantoches, adivinos, nigromantes, funambulistas, ablandahigos, cleptómanos… aguardaba impaciente la llegada de su nuevo teocratador, que, tras ser ungido por el mierdispo en la catedral, sería conducido en olor de multitudes hasta el congreso, donde juraría ante los allí presentes que todos los mierdanos unidos bajo su cetro, serían felices para siempre. Amén.

 


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Primera ley de la Filosofía: Por cada Filósofo, existe otro filósofo igual y opuesto. Segunda ley de la Filosofía: Ambos filósofos están equivocados. Corolario: Una gran verdad es una verdad cuyo opuesto es también una gran verdad.

¡Escuchad al profe, zoquetes!

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