Nadie podía imaginar un mundo sin el bullicio de los parques infantiles y sin las risas y los llantos de los niños. Tampoco podíamos creer que seríamos los últimos humanos sobre un planeta arruinado; como esos pobres refugiados que huían de la locura que se adueñó de nosotros cuanto fuimos conscientes de que la fiesta llegaba a su fin.
Nuestra existencia nunca tuvo mucho sentido. Al menos teníamos la esperanza de que la comedia, o la tragedia – según el caso – continuaría después de nosotros y, que de alguna forma, en el recuerdo de las futuras generaciones permanecería algo de nosotros. Perdida esa pueril, pero efectiva esperanza, solo quedó un vacío insondable. Una vez más, brotó la maldad de esa fuente tenebrosa que todos llevamos dentro, muy dentro. La miseria que habita en los recovecos más profundos de la humanidad siempre encuentra el camino a través del laberinto en el que habita.
Si no hay futuro, todo vale. El caos será quien gobierne el tiempo que nos queda hasta que el último en morir apague la luz.
Texto inspirado en la extraordinaria película “Children of men" de Alfonso Cuarón.

No solo el que nos queda: también de todo el que disponemos desde que nacemos.
ResponderEliminarSegún eso, vivimos en un caos permanente. Tal vez sea así, aunque la entropía tiende al orden no al revés. Algo muy común en nuestra especie es querer controlar nuestro propio destino. Lo que no deja de ser una lucha estéril pues es bien sabido que no podemos "controlar" nada.
EliminarNo he visto la película, pero el texto es muy potente, existencialista sin concesiones.
ResponderEliminarEstimado Fernando, te recomiendo que la veas, es una película más que notable, con un guion magnífico y una acción trepidante. Gracias por el comentario.
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