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jueves, 1 de enero de 2026

"Ein Date". Segunda parte

 

El tren vuela a más de trecientos kilómetros por hora hacia Zúrich. Unos potentes electroimanes hacen levitar esa mole metálica que recorre el paisaje tan rápido que lo convierte en una especie de cuadro impresionista. Un gran invento de nuestros aliados japoneses.

Mientras observo el lienzo sin fin que se desplaza a toda velocidad, pienso en ella. Su sabor todavía me acompaña. Me parece increíble como se han desarrollado los acontecimientos. Desde el primer encuentro en el tugurio nazi me he sentido como el protagonista de uno de esos musicales prohibidos por el régimen, esos que tanto gustan a mis socios americanos. Ahora la vida tiene sentido, por fin tiene un propósito.

Faltan treinta minutos para llegar a Zúrich. La ciudad es una mezcla de arquitectura barroca y posmodernismo difícil de casar. Para los dueños del nuevo imperio se han construido edificios según la concepción del mundo ario. En el centro todo permanece como antaño, cuando el antiguo régimen imponía su yugo. Altar, trono y espada. Nada ha cambiado. Antes quemaban a los herejes, ahora arden los libros. No hay hogueras suficientes para quemarlos todos.

Debo reunirme con un agente del servicio secreto de la Federación Balcánica. Una mala bestia cuyo sadismo es tan famoso como sus tatuajes. Ese tipo me da más miedo que un interrogatorio de la Gestapo, pero no puedo hacer nada para evitar el encuentro pues es una orden directa del jefazo de la CIA en Europa. Es lo que tiene jugar en dos bandos. Si alguien del servicio secreto alemán se entera de mi presencia aquí, debo decir que he venido a ver al director de la Oficina del Tesoro por un encargo de Her Ludwing, confiando en que cuele y no se investigue el verdadero motivo de mi presencia en Zúrich.

Desde la ventana del minúsculo apartamento del piso franco contemplo el atardecer mientras espero a que llegue la hora de la cita. Nubes desmembradas surcan un cielo que se empieza a volver cada vez más oscuro. Se encienden las primeras farolas con una luz azulada. Me muevo por el habitáculo arrastrando los pies descalzos para no hacer ruido. A ese grado de paranoia he llegado por culpa de este trabajo.

Tras las cortinas solo soy un fantasma; la sombra de un antiguo inquilino suicida. Mientras la noche engulle las calles, repaso el informe que debo entregar a ese lunático. Datos de objetivos que deben ser silenciados. Eufemismo que emplean los que deciden quién vive y quién muere para preservar la seguridad nacional. La supervivencia del régimen depende de ello.

Cualquier día será mi nombre el que aparezca en una lista como esta; hoy soy el portador, mañana tal vez uno de los sentenciados. Ese es mi macabro cometido, entregar los datos de esos desgraciados a la bestia rumana. Seguro que ese malnacido disfrutará cumpliendo las órdenes tanto como luciendo sus tatuajes de jakuza.

Faltan treinta minutos para el encuentro. Observo las fotos de los pobres diablos que están sujetas a la ficha con un clip. De pronto el mundo se detiene; lo que veo me deja helado, no puede ser real, no tiene sentido, ella solo es una funcionaria del Ministerio de Cultura. ¿Por qué está su fotografía y su ficha en esta carpeta?, ¿cómo es posible? ¿Qué clase de broma de mal gusto es esta?

Vuelvo a mirar la fotografía por si es mi mente la que me está engañando y no es ella la mujer de la instantánea, sino alguien que se le parece. Es posible que mi mente me haya confundido por unos segundos. No hay duda. Aunque en la ficha de la Inteligencia Americana figura otro nombre, es ella. Esto no puede estar pasando, no puede ser una coincidencia. Compruebo el resto de informes, por si hubiera algún dato que pueda decirme por qué mi amada Erika está en esta lista, por qué con otro nombre. Si el Gobierno Americano la quiere muerta, debe ser por algún motivo que desconozco. De pronto un escalofrío recorre mi cuerpo entumecido; si entrego este informe al agente rumano será el final de nuestro amor, me estremezco al pensar lo que ese asesino le hará si esta información llega a sus manos. Antes me tiro desde el puente que entregar esta maldita ficha.

Apuro el último trago de coñac antes de salir del apartamento. Sobre el cenicero, la fotografía de Erika desprende una llama azul mientras su rostro se consume bajo el fuego, dejando por un instante el aire impregnado de olor a papel quemado.

Voy a pie hasta el punto de encuentro; no queda lejos del piso franco. Debo atravesar una avenida por la que apenas hay gente a esa hora. Aun así, siento que en cualquier momento van a salir de la nada un par de tipos con gabardina y sombrero y me van a introducir en un coche de camino al infierno. En vez de eso, recibo una pitada y un par de insultos de un conductor cuando cruzo por donde no debo. El corazón me late desbocado. Siento que la camisa se me pega al cuerpo a pesar del frío.

Respiro por la nariz, despacio, como me enseñó mi padre cuando me daban los ataques de asma. Inspirar, aguantar, expirar; despacio, hinchando los pulmones y sintiendo como se llenan del preciado oxígeno.

El mundo ha cambiado mucho desde esos días en que todo apuntaba a que por segunda vez el destino del pueblo alemán estaba escrito en clave de humillante derrota. No fue así. Cuando las bombas atómicas borraron del mapa el Imperio Británico y llegaron hasta Moscú, el curso de la guerra cambió.

Desde debajo del puente la figura del matón rumano parece más grande de lo que de por sí es. «Estás hecho una mierda». Saluda con su peculiar inglés con acento de los Cárpatos. Yo solo digo «buenas noches», no me apetece entablar una conversación con ese tipo.

Le entrego el portafolio y antes de que vuelva a decir una de sus típicas gilipolleces, doy media vuelta y me alejo de allí por donde he venido. «Hasta luego hombrecillo apresurado», su frase de despedida suena a burla. «Adiós, Vlad el empalador», susurro mientras desaparezco de su vista entre la niebla.

Sigo aún en shock cuando me siento en el vagón del tren de regreso a Germania. Sudo y tiemblo y todo me da vueltas. Cuando por fin salgo de la estación y mi corazón empieza a latir a su ritmo normal, analizo la situación con calma.

Debo proteger a Erika del peligro que se cierne sobre ella. Mis superiores deben creer que el psicópata rumano se encargará de ella, eso nos da unos días de margen. Sé que algo no encaja. Mi mente analítica me muestra con su lógica aplastante lo que de verdad está pasando, pero me niego a ver lo obvio y me aferro por una vez en mi vida a la ilusión y a eso que llaman amor. Quiero creer que se trata de un error, pero sobre todo, quiero creer que ella también me ama.

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