El
tren vuela a más de trecientos kilómetros por hora hacia Zúrich. Unos potentes
electroimanes hacen levitar esa mole metálica que recorre el paisaje tan rápido
que lo convierte en una especie de cuadro impresionista. Un gran invento de
nuestros aliados japoneses.
Mientras
observo el lienzo sin fin que se desplaza a toda velocidad, pienso en ella. Su sabor
todavía me acompaña. Me parece increíble como se han desarrollado los
acontecimientos. Desde el primer encuentro en el tugurio nazi me he sentido
como el protagonista de uno de esos musicales prohibidos por el régimen, esos
que tanto gustan a mis socios americanos. Ahora la vida tiene sentido, por fin tiene
un propósito.
Faltan
treinta minutos para llegar a Zúrich. La ciudad es una mezcla de arquitectura
barroca y posmodernismo difícil de casar. Para los dueños del nuevo imperio se
han construido edificios según la concepción del mundo ario. En el centro todo
permanece como antaño, cuando el antiguo régimen imponía su yugo. Altar, trono
y espada. Nada ha cambiado. Antes quemaban a los herejes, ahora arden los
libros. No hay hogueras suficientes para quemarlos todos.
Debo
reunirme con un agente del servicio secreto de la Federación Balcánica. Una
mala bestia cuyo sadismo es tan famoso como sus tatuajes. Ese tipo me da más
miedo que un interrogatorio de la Gestapo, pero no puedo hacer nada para evitar
el encuentro pues es una orden directa del jefazo de la CIA en Europa. Es lo
que tiene jugar en dos bandos. Si alguien del servicio secreto alemán se entera
de mi presencia aquí, debo decir que he venido a ver al director de la Oficina
del Tesoro por un encargo de Her Ludwing, confiando en que cuele y no se
investigue el verdadero motivo de mi presencia en Zúrich.
Desde
la ventana del minúsculo apartamento del piso franco contemplo el atardecer
mientras espero a que llegue la hora de la cita. Nubes desmembradas surcan un
cielo que se empieza a volver cada vez más oscuro. Se encienden las primeras
farolas con una luz azulada. Me muevo por el habitáculo arrastrando los pies
descalzos para no hacer ruido. A ese grado de paranoia he llegado por culpa de
este trabajo.
Tras
las cortinas solo soy un fantasma; la sombra de un antiguo inquilino suicida. Mientras
la noche engulle las calles, repaso el informe que debo entregar a ese
lunático. Datos de objetivos que deben ser silenciados. Eufemismo que emplean
los que deciden quién vive y quién muere para preservar la seguridad nacional. La
supervivencia del régimen
depende de ello.
Cualquier día será mi nombre el que aparezca
en una lista como esta; hoy soy el portador, mañana tal vez uno de los
sentenciados. Ese es mi macabro cometido, entregar los datos de esos desgraciados
a la bestia rumana. Seguro que ese malnacido disfrutará cumpliendo las órdenes tanto
como luciendo sus tatuajes de jakuza.
Faltan
treinta minutos para el encuentro. Observo las fotos de los pobres diablos que
están sujetas a la ficha con un clip. De pronto el mundo se detiene; lo que veo
me deja helado, no puede ser real, no tiene sentido, ella solo es una
funcionaria del Ministerio de Cultura. ¿Por qué está su fotografía y su ficha
en esta carpeta?, ¿cómo es posible? ¿Qué clase de broma de mal gusto es esta?
Vuelvo
a mirar la fotografía por si es mi mente la que me está engañando y no es ella
la mujer de la instantánea, sino alguien que se le parece. Es posible que mi
mente me haya confundido por unos segundos. No hay duda. Aunque en la ficha de
la Inteligencia Americana figura otro nombre, es ella. Esto no puede estar
pasando, no puede ser una coincidencia. Compruebo el resto de informes, por si
hubiera algún dato que pueda decirme por qué mi amada Erika está en esta lista,
por qué con otro nombre. Si el Gobierno Americano la quiere muerta, debe ser
por algún motivo que desconozco. De pronto un escalofrío recorre mi cuerpo entumecido;
si entrego este informe al agente rumano será el final de nuestro amor, me
estremezco al pensar lo que ese asesino le hará si esta información llega a sus
manos. Antes me tiro desde el puente que entregar esta maldita ficha.
Apuro
el último trago de coñac antes de salir del apartamento. Sobre el cenicero, la
fotografía de Erika desprende una llama azul mientras su rostro se consume bajo
el fuego, dejando por un instante el aire impregnado de olor a papel quemado.
Voy
a pie hasta el punto de encuentro; no queda lejos del piso franco. Debo
atravesar una avenida por la que apenas hay gente a esa hora. Aun así, siento que
en cualquier momento van a salir de la nada un par de tipos con gabardina y
sombrero y me van a introducir en un coche de camino al infierno. En vez de
eso, recibo una pitada y un par de insultos de un conductor cuando cruzo por
donde no debo. El corazón me late desbocado. Siento que la camisa se me pega al
cuerpo a pesar del frío.
Respiro
por la nariz, despacio, como me enseñó mi padre cuando me daban los ataques de
asma. Inspirar, aguantar, expirar; despacio, hinchando los pulmones y sintiendo
como se llenan del preciado oxígeno.
El
mundo ha cambiado mucho desde esos días en que todo apuntaba a que por segunda
vez el destino del pueblo alemán estaba escrito en clave de humillante derrota.
No fue así. Cuando las bombas atómicas borraron del mapa el Imperio Británico y
llegaron hasta Moscú, el curso de la guerra cambió.
Desde
debajo del puente la figura del matón rumano parece más grande de lo que de por
sí es. «Estás
hecho una mierda». Saluda con su peculiar inglés
con acento de los Cárpatos. Yo solo digo «buenas noches», no me apetece entablar
una conversación con ese tipo.
Le
entrego el portafolio y antes de que vuelva a decir una de sus típicas
gilipolleces, doy media vuelta y me alejo de allí por donde he venido. «Hasta luego
hombrecillo apresurado», su frase de despedida suena a burla. «Adiós, Vlad el
empalador», susurro mientras desaparezco de su
vista entre la niebla.
Sigo
aún en shock cuando me siento en el vagón del tren de regreso a Germania. Sudo
y tiemblo y todo me da vueltas. Cuando por fin salgo de la estación y mi
corazón empieza a latir a su ritmo normal, analizo la situación con calma.
Debo
proteger a Erika del peligro que se cierne sobre ella. Mis superiores deben
creer que el psicópata rumano se encargará de ella, eso nos da unos días de
margen. Sé que algo no encaja. Mi mente analítica me muestra con su lógica
aplastante lo que de verdad está pasando, pero me niego a ver lo obvio y me
aferro por una vez en mi vida a la ilusión y a eso que llaman amor. Quiero
creer que se trata de un error, pero sobre todo, quiero creer que ella también
me ama.
No hay comentarios:
Publicar un comentario