Mediocres del mundo ¡Me río en vuestra cara!

jueves, 1 de enero de 2026

"Ein Daite" tercera parte.

 

El Ministerio de Educación del Pueblo y Propaganda, es un templo de la supremacía aria. Un constante recordatorio de que la raza del norte de Europa es la única no contaminada. Fotografías de las películas de Riefenstahl y los que continuaron con su obra, adornan los pasillos por los que discurren los funcionarios. La seguridad es máxima, el edificio es un objetivo de los terroristas del grupo Karma. Un informe de los que entregué en mi reunión de la semana pasada con Her Ludwing prevé un ataque a gran escala.

Con el giro inesperado de los acontecimientos, tal ataque puede beneficiar mis planes de fuga; cuanto más ocupado esté el gobierno sofocando la rebelión, menos tiempo y personal para buscar a un espía fugado.

Una vez pasados los pertinentes controles de seguridad, me dirijo a la quinta planta, donde debo entregar el informe a un funcionario que lo revisará con escaso entusiasmo; después lo pasará a su superior y tras otra breve inspección por el burócrata de mayor rango  mientras toma un café con las galletas que su querida esposa cocinó el domingo –  pasará a manos de otro empleado que lo digitalizará para archivarlo en la red gubernamental, no sin que antes quede libre de las migas que se hayan desprendido durante el delicioso tentempié. Pura rutina.

 

Faltan doce horas para la cita. Repaso el plan mientras paseo por los alrededores del Estadio Olímpico. Ya no se celebran competiciones deportivas en su interior, solo eventos políticos a los que asiste una masa gris y deforme llena de odio y miedo y que jalea a los tiranos que los mantiene anestesiados.

Dejo atrás ese edificio que imita al Coliseo de Roma. Aquí no hay gladiadores luchando por su vida, solo demagogos gritando y escupiendo saliva tan sucia y obscena como su ideología.

Faltan ocho horas para nuestro encuentro. Nunca me gustó esperar, aunque la vida quizá solo es eso, una unión de sucesos encadenados por intervalos de tiempos muertos.

Entro en una cafetería antes del toque de queda. El olor a café es maravilloso. El local es acogedor; al entrar se agradece el cambio de temperatura. Está casi lleno, pero el silencio es total. Solo se oye el sonido de la máquina de café y el trasiego de los camareros. Las conversaciones son apenas unos susurros entre comensales. Tras tantos años de opiniones silenciadas, nadie se atreve a levantar la voz; menos aún para expresar una opinión. El miedo a los teléfonos pinchados y la constante vigilancia de las conversaciones en locales públicos ha enmudecido a una población que ya no recuerda aquellos tiempos en los que era difícil mantener una conversación en un bar donde todo el mundo hablaba a la vez y cada vez más alto, entre risas y bromas y con total libertad.

Ahora todos somos de alguna manera vigilantes, todos sospechamos del vecino y nadie confía en nadie. El Reich ha conseguido anular la voluntad individual para siempre.

Me siento en una butaca a disfrutar de un café mientras pienso en mi futuro con Erika, de momento no pueden escuchar los pensamientos, es lo único que nos queda.

El oficial de las NSS recién llegado observa con desprecio a ese grupo de piojosos que agachan la mirada ante su imponente y aterradora presencia. «Seguro que te encantaría encontrar a un judío entre tan selecto grupo, lástima que los exterminasteis a todos».

Me observa con atención, como si estuviera pensando en que yo no encajo en ese lugar. Intento no parecer nervioso, incluso me atrevo a hacerle un gesto con la cabeza a modo de saludo. «Hail Dönitz, hijo de puta, así te atragantes con esos pastelillos y te mueras, malnacido». El tipejo me sonríe mientras la dependienta le entrega un paquete con dulces un tanto turbada. Seguro que en casa le esperan su entregada esposa y sus retoños arios para merendar en familia.

Faltan dos horas para el ansiado encuentro. Si me para alguna patrulla, tengo un salvoconducto firmado por Mäusemann que me permite entrar y salir de cualquier sitio. Ventajas de mi miserable oficio.

No hay nadie en la calle. Dejo atrás la Cancillería y recorro el bulevar Albert Speer, una milla repleta de más esculturas de héroes mitológicos y germanos que conduce hasta el Museo de la Supremacía, un templo para honrar al superhombre ario, a imagen y semejanza de la Acrópolis de Atenas.

Estoy a unos minutos del lugar elegido para el encuentro cuando de pronto una luz pasa por encima a gran velocidad, seguida de una portentosa explosión. En cuestión de minutos las calles se llenan de rebeldes armados con fusiles de asalto. Van camino de la Cancillería. Unos minutos después empiezan los tiros y las explosiones. Salgo corriendo de allí mientras silban las balas.

El pecho me arde mientras el corazón bombea oxígeno a mis músculos agarrotados. Me paro un instante a recuperar el aliento cuando por la esquina aparece una turba armada. Me quedo petrificado contra la pared, como un camaleón que intenta mimetizarse con el medio. Un tipo con un parche en un ojo me detecta, tras dudar si dispararme, decide no malgastar munición con un tipo que tiembla encogido en el suelo como un perro abandonado. Resulta irónico que de los cien insurgentes me haya visto un tuerto.

Compruebo aliviado que pasan de largo. Al doblar la esquina una explosión destroza al tipo del parche como si fuera un hombre de paja. Ha debido ser un obús de un tanque. Salgo corriendo en dirección contraria.

Estoy más calmado. Me pongo un brazalete con el logotipo de Karma por si me encuentro con más insurgentes. Compruebo la hora, solo faltan veinte minutos para las diez. No dejaré de acudir a mi cita aunque arda entera la maldita ciudad. Los disparos y las explosiones suenan algo más lejos. Unos cuadricópteros pasan zumbando con su aterrador estruendo. Comienza a llover. Primero una lluvia fina y racheada, después un auténtico aguacero.

Llego por fin a mi destino, calado hasta los huesos. El corazón me late desbocado y el aire que exhalo me quema los pulmones. Apenas puedo tenerme en pie.

Ya no llueve, o tal vez sí; estoy tan excitado que apenas siento mi cuerpo. Tan insensible como un cadáver ahogado.

Avanzo como un yonqui que busca desesperadamente su dosis cuando la abstinencia le carcome los huesos. Como un sátiro tras una indefensa cordera. Llegados a este punto, todo me importa una mierda, ni si quiera me impresiona ver que no hay nadie en la recepción, solo un par de cadáveres asesinados a quemarropa.

Subo por las escaleras. En la tercera planta me detengo un instante a recuperar el aliento. Permanezco tras los cristales, observando como la ciudad se desangra. Siento asco y pena. No sé en qué medida, si más de lo primero que de lo segundo.

Entro en la habitación que tenemos reservada. No hay nadie, es pronto todavía, pero no puedo evitar sentir pánico ante la idea de que mis temores no sean infundados.

Empiezo a tomar conciencia de lo iluso que soy y lo ciego que he estado estos últimos meses. Desde el primer día sospeché que algo raro había en nuestra relación, no sabía lo que era, o tal vez sí y simplemente me negaba aceptar la realidad.

Los minutos pasan penosamente despacio mientras espero, creo que no he hecho otra cosa en mi patética existencia que esperar y, las más de las veces, sin saber que era lo que estaba esperando; quizá solo un nuevo día, uno que trajera aire fresco y alguna novedad, tan solo eso.

Desde la ventana veo destellos que presagian más muerte y destrucción. Cuadricópteros rugiendo como bestias hambrientas de sangre surcan el cielo. Bombardean barrios enteros.

Todo se derrumba ante mí. Salgo al balcón a ver si la veo aparecer por la esquina. Enciendo un cigarrillo unos segundos antes de ser consciente de lo estúpido que soy.

 

Una hora después, entró en el hotel una mujer de una belleza deslumbrante. Subió las escaleras con parsimonia, como si no le importara llegar tarde. Tal vez para una diva como ella era lo habitual. «Los mortales pueden esperar, forma parte de su insignificante vida».

Abrió la puerta con la tarjeta codificada y sin encender la luz, atravesó la estancia hasta llegar al balcón en el que había un cuerpo tirado en suelo. Aunque tenía la cabeza destrozada sin duda era él. Lo que no comprendía era por qué ese cretino llevaba puesto un brazalete de Karma.

Tras permanecer en silencio unos minutos, se agachó hasta el cadáver y le dio un pequeño beso en la mejilla. «Si te soy sincera, prefiero que me haya hecho el trabajo un francotirador. Cariño, deberías saber que el amor no nos está permitido a los espías.»

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