El
Ministerio de Educación del Pueblo y Propaganda, es un templo de la supremacía
aria. Un constante recordatorio de que la raza del norte de Europa es la única
no contaminada. Fotografías de las películas de Riefenstahl y los que
continuaron con su obra, adornan los pasillos por los que discurren los
funcionarios. La seguridad es máxima, el edificio es un objetivo de los
terroristas del grupo Karma. Un informe de los que entregué en mi reunión de la
semana pasada con Her Ludwing prevé un ataque a gran escala.
Con
el giro inesperado de los acontecimientos, tal ataque puede beneficiar mis
planes de fuga; cuanto más ocupado esté el gobierno sofocando la rebelión,
menos tiempo y personal para buscar a un espía fugado.
Una
vez pasados los pertinentes controles de seguridad, me dirijo a la quinta
planta, donde debo entregar el informe a un funcionario que lo revisará con
escaso entusiasmo; después lo pasará a su superior y tras otra breve inspección
por el burócrata de mayor rango – mientras toma un café con las galletas que su
querida esposa cocinó el domingo – pasará a manos de otro empleado que lo
digitalizará para archivarlo en la red gubernamental, no sin que antes quede
libre de las migas que se hayan desprendido durante el delicioso tentempié.
Pura rutina.
Faltan
doce horas para la cita. Repaso el plan mientras paseo por los alrededores del
Estadio Olímpico. Ya no se celebran competiciones deportivas en su interior,
solo eventos políticos a los que asiste una masa gris y deforme llena de odio y
miedo y que jalea a los tiranos que los mantiene anestesiados.
Dejo
atrás ese edificio que imita al Coliseo de Roma. Aquí no hay gladiadores
luchando por su vida, solo demagogos gritando y escupiendo saliva tan sucia y obscena
como su ideología.
Faltan
ocho horas para nuestro encuentro. Nunca me gustó esperar, aunque la vida quizá
solo es eso, una unión de sucesos encadenados por intervalos de tiempos
muertos.
Entro
en una cafetería antes del toque de queda. El olor a café es maravilloso. El
local es acogedor; al entrar se agradece el cambio de temperatura. Está casi
lleno, pero el silencio es total. Solo se oye el sonido de la máquina de café y
el trasiego de los camareros. Las conversaciones son apenas unos susurros entre
comensales. Tras tantos años de opiniones silenciadas, nadie se atreve a
levantar la voz; menos aún para expresar una opinión. El miedo a los teléfonos
pinchados y la constante vigilancia de las conversaciones en locales públicos
ha enmudecido a una población que ya no recuerda aquellos tiempos en los que
era difícil mantener una conversación en un bar donde todo el mundo hablaba a
la vez y cada vez más alto, entre risas y bromas y con total libertad.
Ahora
todos somos de alguna manera vigilantes, todos sospechamos del vecino y nadie
confía en nadie. El Reich ha conseguido anular la voluntad individual para
siempre.
Me
siento en una butaca a disfrutar de un café mientras pienso en mi futuro con
Erika, de momento no pueden escuchar los pensamientos, es lo único que nos
queda.
El
oficial de las NSS recién llegado observa con desprecio a ese grupo de piojosos
que agachan la mirada ante su imponente y aterradora presencia. «Seguro que te encantaría
encontrar a un judío entre tan selecto grupo, lástima que los exterminasteis a
todos».
Me
observa con atención, como si estuviera pensando en que yo no encajo en ese
lugar. Intento no parecer nervioso, incluso me atrevo a hacerle un gesto con la
cabeza a modo de saludo. «Hail
Dönitz, hijo de puta, así te atragantes con esos pastelillos y te mueras,
malnacido». El tipejo me sonríe mientras la dependienta le entrega un paquete
con dulces un tanto turbada. Seguro que en casa le esperan su entregada esposa
y sus retoños arios para merendar en familia.
Faltan
dos horas para el ansiado encuentro. Si me para alguna patrulla, tengo un
salvoconducto firmado por Mäusemann que me permite entrar y salir de
cualquier sitio. Ventajas de mi miserable oficio.
No
hay nadie en la calle. Dejo atrás la Cancillería y recorro el bulevar Albert
Speer, una milla repleta de más esculturas de héroes mitológicos y germanos que
conduce hasta el Museo de la Supremacía, un templo para honrar al superhombre
ario, a imagen y semejanza de la Acrópolis de Atenas.
Estoy
a unos minutos del lugar elegido para el encuentro cuando de pronto una luz
pasa por encima a gran velocidad, seguida de una portentosa explosión. En
cuestión de minutos las calles se llenan de rebeldes armados con fusiles de
asalto. Van camino de la Cancillería. Unos minutos después empiezan los tiros y
las explosiones. Salgo corriendo de allí mientras silban las balas.
El
pecho me arde mientras el corazón bombea oxígeno a mis músculos agarrotados. Me
paro un instante a recuperar el aliento cuando por la esquina aparece una turba
armada. Me quedo petrificado contra la pared, como un camaleón que intenta
mimetizarse con el medio. Un tipo con un parche en un ojo me detecta, tras dudar
si dispararme, decide no malgastar munición con un tipo que tiembla encogido en
el suelo como un perro abandonado. Resulta irónico que de los cien insurgentes
me haya visto un tuerto.
Compruebo
aliviado que pasan de largo. Al doblar la esquina una explosión destroza al
tipo del parche como si fuera un hombre de paja. Ha debido ser un obús de un
tanque. Salgo corriendo en dirección contraria.
Estoy
más calmado. Me pongo un brazalete con el logotipo de Karma por si me encuentro
con más insurgentes. Compruebo la hora, solo faltan veinte minutos para las
diez. No dejaré de acudir a mi cita aunque arda entera la maldita ciudad. Los
disparos y las explosiones suenan algo más lejos. Unos cuadricópteros pasan
zumbando con su aterrador estruendo. Comienza a llover. Primero una lluvia fina
y racheada, después un auténtico aguacero.
Llego
por fin a mi destino, calado hasta los huesos. El corazón me late desbocado y el
aire que exhalo me quema los pulmones. Apenas puedo tenerme en pie.
Ya
no llueve, o tal vez sí; estoy tan excitado que apenas siento mi cuerpo. Tan
insensible como un cadáver ahogado.
Avanzo
como un yonqui que busca desesperadamente su dosis cuando la abstinencia le
carcome los huesos. Como un sátiro tras una indefensa cordera. Llegados a este
punto, todo me importa una mierda, ni si quiera me impresiona ver que no hay
nadie en la recepción, solo un par de cadáveres asesinados a quemarropa.
Subo
por las escaleras. En la tercera planta me detengo un instante a recuperar el
aliento. Permanezco tras los cristales, observando como la ciudad se desangra.
Siento asco y pena. No sé en qué medida, si más de lo primero que de lo
segundo.
Entro
en la habitación que tenemos reservada. No hay nadie, es pronto todavía, pero
no puedo evitar sentir pánico ante la idea de que mis temores no sean
infundados.
Empiezo
a tomar conciencia de lo iluso que soy y lo ciego que he estado estos últimos
meses. Desde el primer día sospeché que algo raro había en nuestra relación, no
sabía lo que era, o tal
vez sí y simplemente me negaba aceptar la realidad.
Los
minutos pasan penosamente despacio mientras espero, creo que no he hecho otra
cosa en mi patética existencia que esperar y, las más de las veces, sin saber
que era lo que estaba esperando; quizá solo un nuevo día, uno que trajera aire
fresco y alguna novedad, tan solo eso.
Desde
la ventana veo destellos que presagian más muerte y destrucción. Cuadricópteros
rugiendo como bestias hambrientas de sangre surcan el cielo. Bombardean barrios
enteros.
Todo
se derrumba ante mí. Salgo al balcón a ver si la veo aparecer por la esquina.
Enciendo un cigarrillo unos segundos antes de ser consciente de lo estúpido que
soy.
Una
hora después, entró en el hotel una mujer de una belleza deslumbrante. Subió
las escaleras con parsimonia, como si no le importara llegar tarde. Tal vez
para una diva como ella era lo habitual. «Los mortales pueden esperar, forma
parte de su insignificante vida».
Abrió
la puerta con la tarjeta codificada y sin encender la luz, atravesó la estancia
hasta llegar al balcón en el que había un cuerpo tirado en suelo. Aunque tenía
la cabeza destrozada sin duda era él. Lo que no comprendía era por qué ese
cretino llevaba puesto un brazalete de Karma.
Tras
permanecer en silencio unos minutos, se agachó hasta el cadáver y le dio un
pequeño beso en la mejilla. «Si
te soy sincera, prefiero que me haya hecho el trabajo un francotirador. Cariño,
deberías saber que el amor no nos está permitido a los espías.»
No hay comentarios:
Publicar un comentario