Primera parte.
A
los pies del inmenso coloso de mármol, la nieve se amontonaba hasta casi cubrir
la placa en la que aparecía esa frase que todos los habitantes de Germania
repetían cada mañana antes de empezar la jornada de trabajo o las lecciones de
adoctrinamiento. «Con
humanidad y democracia nunca han sido liberados los pueblos». Adolf Hitler.
1889 – 1952.
El
cuadricóptero pasó por encima de la efigie soltando un chorro de aire caliente
que limpió de nieve la cabeza del Fürhrer;
eliminado el estúpido tupé de Elvis Presley que coronaba la estatua del añorado
líder. Después, tras dar un giro brusco, aterrizó en la gigantesca plaza que daba
acceso al Capitolio.
Cuando
puse los pies en la capital del Reich, sentí un nudo en el estómago y un
escalofrío. Supongo que lo primero era de excitación y lo segundo por el
maldito frío que hacía en Germania esa noche. El desasosiego que sentía no era
por la reunión donde debía entregar el informe de la situación en América, eso me
importaba una mierda; mi estado de nervios se debía a lo peligrosa que era mi presencia
en la capital.
Estaba
citado con Herr Ludwing, el director de la Neu Sturmabteilung. Un tipejo
ridículo que intentaba disimular su alopecia con un mechón de pelo grasiento
aplastado sobre un cráneo pequeño y rosado. La antítesis del super hombre ario.
Herr Direktor jamás será un Übermensch. Un individuo dotado con un rostro
y un físico tan desagradables es merecedor de un apodo que nadie se atreve a
pronunciar en su presencia; Mäusemann, la
perfecta rata aria, escuálida y de ojos mezquinos. Un ser miserable con aliento
a cloaca.
Durante
la reunión con los psicópatas de la NSA, mi inquietud no pasó desapercibida y
tuve que inventarme una excusa sobre mi estado de salud. Improvisé algo
relacionado con unas fiebres padecidas durante mi estancia en América del sur. «Gentes sencillas e
inferiores, quizá deberíamos haberles enviado algunos misiles también a ellos; tuvieron
suerte de que en esos países atrasados y sin apenas tecnología hubiera una importante
colonia de ciudadanos del Reich», comentó Herr Ludwing al respecto. «Lo importante es que
ganamos la guerra, igual que aplastaremos esta rebelión».
Yo
no era tan optimista como Herr Ludwing, pero solo soy un simple funcionario, un
don nadie sin voz ni voto que solo quería salir de allí lo antes posible.
Cuando
la reunión terminó, tras el riguroso saludo al Fürhrer Dönitz con el brazo
derecho en alto, dejé a esos fanáticos demagogos con sus asuntos y me dirigí al
único bar que podía abrir después del toque de queda.
El
portero me miró como si fuera una mierda pegada a su zapato. Me pidió alguna
credencial que pudiera permitirme el paso. Para un espía eso no es complicado,
bastó con que le mostrara uno de mis documentos de identidad falsos y no hubo
problema.
Cuando
entré en local, comprendí por qué tenía permiso para abrir por la noche. Aquel
antro era un tugurio donde se solazaban los oficiales de la Gestapo y los
jerarcas del partido. El lugar perfecto para que los terroristas de Karma pusieran
una bomba; algo que parecía no importar a nadie. Los tipos que bebían cerveza
en la barra no le temían a nada, por algo llevaban una calavera en sus gorras.
Unos gorilas expertos en dar palizas en calabozos sórdidos donde los gritos y
los sollozos son una cacofonía
que parece no tener fin. Tras una jornada extenuante, disfrutaban de esa
camaradería tan propia de los torturadores, tan habitual entre hombres con el
mismo credo y condición. Hermanos de sangre, de palizas y violaciones.
Después
de tantos peligros pasados, sería irónico morir en un atentado en Germania,
pero ya me daba todo igual, estaba tan harto de todo, que poco me importaba
morir despedazado por la metralla. Me senté al fondo del local a disfrutar de
una genuina cerveza alemana y de la música que salía de una máquina holográfica.
Otro invento más de los científicos que se adelantaron a los americanos del
Proyecto Manhattan. Al menos este no sirve para matar a millones de personas;
acaso de aburrimiento, si terminan poniendo en bucle esas estúpidas canciones
tradicionales que cantan a coro cuando están borrachos.
Entre
tantos sádicos uniformados, había algunos civiles con aspecto de burócratas.
Hombres de negocios y traficantes de armas; todos fieles al Reich y a sus
propios intereses.
El
camarero parecía una especie de robot de plástico. Con el pelo tan engominado
que parecía petróleo. El bigote estilo Adolf, le daba un aspecto todavía más
artificial y más patético.
«Una Köning
Ludwing, por favor». «Excelente
elección señor, es la mejor cerveza que tenemos, se la sirvo en un segundo».
El
primer trago siempre es el mejor, cuando el líquido atraviesa los dos dedos de
espuma y entra por la garganta camino del estómago. Esa sensación es única. Tras
pedir la cerveza al camarero biónico, me dispuse a observar el entorno. Los nazis de los uniformes negros, los camisas pardas y los civiles, pasaban por mi
escáner sin llamar mi atención; todos salvo una mujer. A unos cinco metros,
tras los cabrones de la Gestapo, la criatura más bella que había visto en mi vida, charlaba con otras dos que, aun siendo bellas también, no había comparación
posible. Esa especie de diosa no podía pertenecer a un mundo tan sórdido y
mezquino. Imposible.
El
foco de mi atención, iluminaba solo su figura; todo lo demás era una sombra
borrosa formada por cuerpos oscuros que se movían como espectros a su alrededor.
La
observaba como un perro hambriento a su dueño mientras se da un atracón y finge
no ver al pobre animal salivar a su espalda. Como un náufrago a un barco que
pasa de largo. Como todo lo que solo se puede ver y que es imposible alcanzarlo.
«Ni lo sueñes cretino, eso, jamás podrás tocarlo».
Bebía
despacio y la miraba como un idiota hipnotizado, mientras ardía como un tizón. Cuando
por un segundo, nuestras miradas se cruzaron fue como llamar a las puertas del
cielo.
Siempre
he sido incapaz de tomar decisiones; por triviales que estas sean, no hay
manera, la indecisión siempre termina imponiéndose y me deja a dos velas. Un cretino
que ha dejado pasar demasiadas cosas por vergüenza o por falta de carácter.
Una
personalidad que puede parecer poco apropiada para el oficio de espía. Nada más
alejado de la realidad. Esa imagen glamurosa que se tiene de nuestro oficio es
tan artificial como inexacta. Los espías no somos esos tipos duros de las
películas. Somos individuos con una mente analítica; soldados que cumplen
ordenes sin cuestionar las razones de estas, para eso están los políticos y el
servicio de inteligencia. Somos tipos solitarios dispuestos a jugar a un juego
peligroso; en mi caso más aún por ser un agente doble. Traidor para unos, héroe
para otros; según el bando al que se le pregunte.
Volvamos
al grano, al verdadero meollo de la cuestión. Dejemos aparte las reflexiones sobre mi oficio y mi
carácter y centrémonos en la cuestión de mi físico. Algo importante en cuanto
al éxito o fracaso en mi misión de conquistador.
Aquí
estoy yo. Un tipo corriente y poco agraciado; en un bar atestado de psicópatas más
altos, más rubios y más guapos. Por si esto fuera poco, además, soy una rata traidora
a la que esos tipos enchufarían a una batería de un Volkswagen si descubrieran
a sueldo de quién estoy en verdad. Poco me importaba la seguridad en esos
momentos. Estaba cegado por la lujuria y el alcohol y nada me detendría en esta
ocasión.

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