«No es tarea sencilla mantenerse firme ante los constantes vaivenes que padecen aquellos que deciden no aceptar las reglas del juego. Individuos que saben que hay trampa; que la partida está amañada de una forma tan sutil y ladina que resulta casi imposible ver el engaño. El resto, bien sea por ignorancia, bien por desidia, o por ambas, acepta las normas impuestas por la costumbre; tras tanto tiempo y tantas batallas perdidas es normal que las fuerzas flaqueen, es algo natural. Es por tanto razonable para el ciudadano corriente considerar que es mejor dejar las cosas como están; total, si nada va a cambiar…esa es, de entre todas las mentiras y todas las ideas perversas, la mayor de las falacias inventadas por la humanidad».
Tras un silencio, provocado por la ingesta de
agua, el orador continuó con su discurso:
«Los que optan por hacerle frente al Estado y
sus múltiples tentáculos, deben pagar un alto coste por tamaña osadía; combatir
a semejante bestia solo está a la altura de héroes mitológicos, hombres y
mujeres que ya no existen; bueno, en verdad nunca existieron, salvo en la
narrativa, algo tan necesario como la filosofía para que las sociedades
avancen, pero ese es otro tema…
Como iba diciendo, el precio que estos individuos
deben pagar será el descrédito y, en algunos casos, los más graves, además de
enfrentarse al rechazo total a sus ideas y postulados, pueden sufrir
persecución, encarcelamiento e incluso la muerte.
Entre tanto, sus semejantes asumen que el mundo
es como es y hay que adaptarse, asumiendo que cada uno debe sobrevivir como
pueda en esta jungla depredadora. La teoría del sálvese quien pueda va ganando
adeptos a medida que van fracasando los modelos y las teorías políticas que
prometían un mundo más justo, más seguro y más colectivizado. El humanismo
pierde la partida con cada teoría absurda que nace y con cada populista que se
sube a una tarima. En este mundo controlado por tecnócratas rencorosos que
tuvieron una infancia irrelevante y acomplejada, poco espacio queda para la
libertad; ese bien tan preciado y tan escaso. Si nos quitan hasta esa falsa
ilusión, no nos queda nada.
Estamos pues, condenados a ser gobernados por
psicópatas megalómanos como Stalin o Nerón. ¿Alguna pregunta?».
En lugar de una pregunta, lo que recibió el orador fue un balazo en la sien, seguido por el caos de gritos y la posterior estampida de los presentes a la conferencia que terminó con otro de esos «parias» silenciados.
Nunca sabremos hasta qué punto la víctima se consideraba
parte de ese grupo de rebeldes, ni si era consciente del peligro que se
cernía sobre él. Tampoco sabremos las razones que llevaron a un tipo zafio y
racista, que apenas salía de su granja —salvo ese día— a cometer tan estúpido
crimen. No lo sabremos, porque el asesino desapareció como el polvo que dejaba a
su paso por los caminos resecos que recorría la roñosa camioneta que lo llevaba
de regreso a su diminuto mundo.

Probablemente nadie preguntó. Muchos estarían mirando el móvil.
ResponderEliminarO a esa hora habría fútbol. Gracias por el mensaje.
EliminarPese a todo, hay quienes desafían al poder y levantan la voz para que impere la justicia. Alguna vez, incluso lo consiguen.
ResponderEliminarSAludos.
Sí, de vez en cuando. Gracias por el mensaje. Un saludo
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