Mediocres del mundo ¡Me río en vuestra cara!

jueves, 28 de noviembre de 2024

Heartbreak Hotel.


La recepción es oscura. Deprimente como esas naves industriales cuyas máquinas tras el cese de la actividad no fabrican más que polvo. Como los maniquíes de las tiendas de un país comunista que solo pueden lucir trajes de pana.

Tan triste como una novela apolillada, olvidada en el cajón de un escritorio cerrado con una llave extraviada.

Un cuchitril mohoso donde habita un recepcionista con aspecto de enterrador. Dientes de Nosferatu y ojos de toxicómano que parecen perdidos en un limbo sin principio ni fin.

En el libro de registro, en caligrafía cursiva de psicópata, aparecen garabateados los nombres de los  clientes de este hotel tan desolado como el edificio en el que vivía J.F Sebastian con sus pequeños replicantes.

Habitación 303. Donnie Smith, tres meses retrasado.Donnie es un perdedor nato. Acabó tirado en el suelo, con los dientes rotos tras recibir el impacto de un sapo en el rostro. Sí, habéis leído bien, una jodida lluvia de ranas lo sorprendió cuando intentaba colarse en el edificio donde trabajaba. Con una escalera de mano, pretendía acceder al edificio para saquear la caja fuerte de su patrón. Tras el robo frustrado, no pudo costear la ortodoncia que tanto añoraba y que a consecuencia del accidente, pasó a convertirse en cirugía maxilofacial, mucho más complicada y más cara. Un desastre. Tenía tanto amor que dar.

Habitación 202.Randy Robinson. Tras sufrir un infarto, el viejo luchador arruinado y más muerto que vivo, se dispone a dar una última noche llena de golpes y teatro. Ese corazón ya no puede soportar el peso de ese cuerpo viejo y hormonado al que apenas reconoce en el espejo  ¿Quién es ese tipo del póster del camerino, adónde se fue? Desapareció como los flashes de las cámaras de aquellas noches de los noventa. Un último salto, el puño al cielo, después el dolor y el silencio.

Habitación 101. Hank Chinaski. Lleva días sin salir del hediondo estercolero en que ha convertido esa estancia antaño cálida y acogedora donde antes que él, residía un hombre de corta estatura y gran corazón, demasiado grande para este mundo cruel y mezquino. Cuando la trapecista se lo rompió como si fuera un pedazo de barro mal cocido, no volvió a soñar con quimeras y dejó el circo. Vivió durante años en esa pequeña habitación con su eterna melancolía, hasta que un día muy temprano, salió del hotel con su pequeña maleta y sus andares de Charlot. Dicen por ahí que se fundió con el sol del amanecer, como en un cuadro impresionista.

El nuevo residente también se fundirá pronto con la tierra como siga por esa senda de autodestrucción. Como Ben Sanderson, pero en Detroit en vez de en Las Vegas. Si apuesta todo al rojo, lo más seguro es que, siendo el perdedor que es, saldrá negro.

El libro de registro tiene cientos de anotaciones. Una lista repleta de historias de fracasos y decepciones, de silencios y soledades. Un recordatorio de lo frágil que puede ser la voluntad humana.

Un nuevo nombre va tomando forma mientras la tinta impregna el papel amarillo. El recepcionista susurra el nombre mientras un pequeño hilo de baba le asoma por la comisura de los labios. Habitación 666, una habitación muy confortable.

El recién llegado y el botones, un tipo escuálido que parece estar a punto de romperse bajo el peso de un par de maletas andrajosas, avanzan por un pasillo de una pesadilla de Stephen King. La tarima cruje a su paso. De la habitación 665 sale una risa estridente. Ese es Arthur Fleck, informa el botones, un cómico que siempre anda por ahí vestido de payaso, seguro que le caerá bien señor Kovacs .






sábado, 26 de octubre de 2024

Dios Salvaje


De camino al trabajo, como todos los días veo los mismos rostros, los mismos bostezos y el mismo hastío. Mientras los ocupantes del vagón matan el tiempo revisando las mezquindades y banalidades  que ofrece internet, me regocijo al pensar que por la noche voy a asistir a un concierto de Nick Cave. Puede parecer absurdo sentirse así por algo tan trivial, a fin de cuentas solo es eso, un espectáculo como otros tantos.

El iconoclasta que hay en mí, siente recelo de los altares y sus imágenes, tanto como de la adoración hacia cualquier clase de mito, más aún cuando estos son de carne y hueso y por tanto con las mismas miserias y defectos que cualquier hijo de vecino. No obstante, en este caso debo reconocer que soy culpable de semejante delito, pues siento esa clase de veneración hacía este  chamán flaco lleno de cicatrices, cuya  música y mensaje son para mí una especie de sustento vital, algo que por descontado, está por encima de la simple admiración que el trabajo de esta clase de artistas suele provocar en quienes disfrutan de su arte, sea este del tipo que sea.

Volviendo al plano terrenal, son las cinco de la tarde, mientras los más devotos seguidores, los absolutamente incondicionales hacen cola para  conseguir los puestos que dan acceso al altar, el resto disfrutamos de los placeres del vulgo. Cerveza y torreznos.

¡Jugón, por fin llegó el día! Comenta, alzando la voz entre la cacofonía del atestado bar mi amigo C. Nótese que ha utilizado jugón, el célebre término acuñado en los noventa por Andrés Montes que la Real Academia de la Lengua no ha tenido a bien añadir al diccionario de nuestra versátil y  extensa lengua, como sí ha hecho con otros que, aún siendo anglicismos perversos o incultos, sí merecen su inclusión según el criterio de los académicos de la lengua. Cualquier día, incluirán en el diccionario el vocablo utilizado por los jóvenes actuales cada tres minutos.

¡Joder tron, que bien ver a Nick Cave! ¿Eh tron? Claro, tron.

Tras las cervezas de rigor, nos disponemos, ahora sí a entrar al recinto. Tras el tedio de la espera, llega el ansiado momento, todo está listo para que aparezcan en escena los músicos, el primero en hacerlo es Warren Ellis, esa especie de genio loco adorable, con su barba de asceta, seguido por el resto de los componentes de la banda que acompañan al chamán de la tribu, el último en salir a escena, donde esperan los fieles, como los asistentes a esas ceremonias religiosas - tan alegres y musicales - con coro góspel, donde la congregación entra en una especie de catarsis, alzando las manos al cielo y dando gracias al creador por todos sus dones, mientras el predicador, alzando la voz, lanza proclamas tan peregrinas como las de los telepredicadores de las cadenas de televisión locales, seguidas estas por un coro de voces que entre palmada y palmada dicen: Aleluya. 

Después del concierto - del que no voy a contar nada, para eso está la prensa y el resto de expertos en música, sea lo que sea eso, con la emoción a flor de piel - los asistentes, cincuentones la mayoría, aprovechamos para encontrarnos con amigos a los que echamos de menos porque solemos pasar demasiado tiempo trabajando y la pereza, el orgullo, o tal vez la costumbre, poco a poco nos va alejando.

Por mi parte, creo que aunque he captado el mensaje del Dios Salvaje del que habla Nick Cave, seguiré siendo igual de cretino y olvidaré pronto sus enseñanzas.

Fotografía. Mariela Rodríguez 



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No tiene buena pinta este tipo ¿Qué hacemos con él? Dejadle que siga escribiendo...

¡Yo os maldigo por salir de la caverna!

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Primera ley de la Filosofía: Por cada Filósofo, existe otro filósofo igual y opuesto. Segunda ley de la Filosofía: Ambos filósofos están equivocados. Corolario: Una gran verdad es una verdad cuyo opuesto es también una gran verdad.

¡Escuchad al profe, zoquetes!

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