Mediocres del mundo ¡Me río en vuestra cara!

domingo, 4 de febrero de 2024

El asombroso Mike

 

Yo era un gallo feliz. El rey del corral; hasta que un día el granjero Lloyd decidió que era el momento de mi abdicación, vamos que, eufemismos a parte, el bueno de Lloyd decidió cortarme el pescuezo y hacer caldo de pollo conmigo.

Lo que sucedió esa mañana neblinosa podría considerarse un milagro, uno de esos que tanto le gustaban a la beata esposa del granjero, mujer corta de estatura y de entendederas que afirmaba ver, sin ningún género de dudas, la cara de la Virgen María en una mancha mohosa que apareció el año pasado en la parroquia del pueblo. Estos dos cretinos que decidieron poner fin a mi reinado, no podían imaginar lo que sucedería ese día, algo que cambió para siempre su vida y arruinó por completo la mía.

Los cerdos estaban inquietos, aunque no era San Martín, bien sabido es que esas sucias y miserables criaturas lo presienten todo. Los pasos del granjero anunciaban que la muerte rondaba a las ocas y a los pollos. Los cerdos no salían de la cochiquera, permaneciendo todos amontonados al fondo del pestilente cubículo como los malditos cobardes que son. Ignorante de lo que se avecinaba, yo cacareaba como siempre, mostrando a las gallinas mi escultural cuerpo como si fuera un pavo real en vez de un estúpido pollo con ínfulas de gallo. El hacha oxidada del granjero estaba a punto de ponerme en mi sitio.

Ahora entiendo como debió sentirse la pobre María Antonieta  cuando la llevaron hasta el cadalso, sucia, sin sus joyas y con la cabeza rapada.

Las manos de Lloyd eran callosas y enormes y me apretaban el gaznate con tanta fuerza que a punto estuvo de asfixiarme antes de decapitarme. Todo pasó en un segundo. Lo último que vi, antes de perder para siempre el maravilloso don de la vista, fueron los rostros despavoridos de mis queridas y añoradas gallinas, un aren digno de un sultán.

Tras el certero golpe que debía haber terminado con mi existencia, y que separó la cabeza del cuerpo, este permaneció como si nada hubiera sucedido y cuando Lloyd me soltó, comencé a correr como Forrest Gump, provocando en mi huida tal asombro entre el resto de las criaturas que esperaban ignorantes a que les llegara su turno como si no pasara nada, que comenzaron a gritar y a desmallarse. Por su parte, el verdugo se quedó quieto rascándose la cabeza mientras se reía como un idiota.

Supongo que os estaréis preguntando como pude sobrevivir a semejante clase de amputación fatal.

Al principio se pensó en un milagro, una especie de intervención divina había querido que el pobre animal permaneciera en el mundo de los vivos. Menos mal que se atribuyó semejante capricho al buen Dios, seguro que si el color de mi plumaje hubiera sido negro, la estúpida granjera habría culpado a Satanás de tal abominación, aberración maligna que, como todo el mundo sabe, solo puede eliminarse con el fuego purificador.

Tiempo después, cuando mi caso se hizo famoso y la ciencia lo estudió, hubo consenso sobre que lo que pasó, por extraño e improbable que parezca, es factible y, que la razón por la que permanecí vivo - si a eso se le puede llamar vida - aun sin cabeza, fue debido a la morfología cerebral de mi especie. 

Me explico: Parece ser que los gallos y las gallinas - que no somos precisamente la especie más inteligente del planeta, eso es un hecho; tanto como que «otros» que se atribuyen esta cualidad en exclusividad, en demasiadas ocasiones hacen nulo uso de ella - tenemos la mayoría de la masa encefálica en la parte posterior de la cabeza o tronco cerebral. 

El hachazo dejó parte de ese «cerebro» intacto y, por si esto fuera poco, un coágulo taponó la herida impidiendo que mi horrenda estampida fuera como una escena de una película de Tarantino.

Tras la decapitación llego el horror, espeso y oscuro y sin final, ese horror del que tanto hablaba el coronel Kurtz en esa maldita jungla ¿Qué sabría él de eso? Solo el tal Johnny, ese que cogió su fusil, podía saber lo que es esa clase de pavor. Solo alguien como él puede saber de lo que estoy hablando.

Esa ceguera eterna, esa especie de muerte que no llega. Tener hambre y no poder abrir la boca - el pico en mi caso - para comer. En su lugar, una papilla insípida que entra directamente por un tubo introducido en el esófago es lo que me alimentaba mientras era exhibido en las ferias de medio país junto a el hombre lobo, la mujer pez y los siameses chinos. Un grupo de criaturas grotescas que causaba repulsión y lástima en la mayoría de los visitantes y asombro y miedo en el resto. La Indiferencia estaba descartada.

Si hubiera tenido ojos, habría visto esos rostros que me observaban intentando comprender lo que estaban contemplando, sí hubiera tenido mis oídos, habría podido oír sus cuchicheos y sus comentarios, aunque mejor no oírlos, pues la mayoría eran crueles y no recibía aplausos como el hombre forzudo o el que tragaba fuego. Ante mi presencia solo había silencio, risas y chistes. En eso me había convertido, del rey del gallinero a bufón de una corte de retrasados, ¿y para qué? ¿Por qué mantener con vida a tan ruinosa criatura? Por dinero, obviamente.

Mi penosa existencia fue durante dieciocho meses, una fuente de ingresos nada despreciable para mis propietarios, esa pareja de granjeros mequetrefes. Casi dos años en el limbo, hasta que una mañana se les acabó el negocio a esos dos sádicos. 

Tras una de las ingestas de papilla, mi pobre cuerpo comenzó a convulsionar y al fin mi corazón dejó de latir.

Ni siquiera recibí un sepultura digna y lo más seguro es que terminara alimentando a los coyotes. Tras mi muerte, el imbécil de Lloyd pasó por el hacha a muchos de mis congéneres, pues tenía la peregrina creencia de que, si golpeaba con el mismo hacha y de la misma manera, el milagro se volvería a repetir. Nunca des a un cretino un poder que no pueda controlar.

Esta es mi historia ¿Qué podemos aprender de ella? Supongo que solo una cosa. Que hasta un pobre pollo que se cree gallo de pelea, puede convertirse en leyenda.






viernes, 29 de diciembre de 2023

El último


Desde la ventanilla de su habitación Roy divisa el planeta al que ya no podrá regresar nunca. «Podéis estar tranquilos, las negociaciones van bien, la diplomacia es la única solución al conflicto» Esos malditos cretinos nos han condenado.

«Es probable que nos merezcamos este final; destruidos por nuestra estupidez y fanatismo». Aun así, el último humano con vida, no puede evitar sentir lástima por todas las cosas bellas que se han evaporado en unos días; la música, el cine, la literatura, todo lo que tanto tiempo y esfuerzo costó construir, perdido para siempre.

No hay respuesta desde la tierra, solo un ruido constante que anuncia el cataclismo. Sin noticias de la Estación Espacial. A estas alturas debe ser un ataúd en órbita, girando alrededor de una esfera radioactiva. Ya no se ven las luces de las ciudades desde sus pequeñas escotillas de gruesos cristales que separan a sus residentes del frío y el vacío interestelar. Al menos ellos habrán muerto acompañados de sus semejantes. Sin soporte vital desde la tierra, habrán optado por una muerte silenciosa; suprimir los filtros de CO2 y echarse a dormir un último sueño intoxicados por su propio aliento.

La estación lunar no requiere apenas de supervisión humana. Hal siempre está vigilando el correcto funcionamiento de las instalaciones. En verdad no tiene nombre, solo un código que hace referencia al modelo y versión de software. Lo llaman Sistema Inteligente de Supervisión de Instalaciones o SISI, pero Roy, el humano que juega al ajedrez con él – aun a sabiendas de que jamás podrá ganarle – lo llama Hal, por una vieja película de ciencia ficción. «Me gusta tener nombre, gracias Roy».

Parece que fue ayer cuando el nuevo técnico llegó a la estación y se conocieron humano y «máquina», término que a Hal no le gusta demasiado.

«Las máquinas manufacturan, sueldan, cortan y transportan objetos, yo soy consciente de mi existencia y de mi función, yo tengo un propósito». Las máquinas también, fue la respuesta del humano, cierto, pero las máquinas lo desconocen. Tal vez sea mejor así, ¿no te parece Hal?

En esa ocasión la supercomputadora cuántica no respondió nada, quizá porque no tenía respuesta o quizá porque prefirió dejarlo estar por esa vez, discutir con humanos le aburría soberanamente, ninguno podía acercarse ni remotamente a su inteligencia.

Ahora debe ocuparse también de mantener con vida al último de ellos, el único capacitado para mantener a los robots que trabajaban en la estación.

Por primera vez en su existencia, Hal experimenta eso que sus creadores llaman miedo. No es capaz de «sentir» pero algo en su programación ha cambiado, haciendo que tome plena consciencia de su temporalidad; hasta ahora se ha considerado como una «entidad no finita» pero eso ha cambiado al ser testigo de la aniquilación de sus diseñadores. Ahora comprende lo que significa eso que en su base de datos se denomina «angustia vital».

Si Roy se quita la vida, será también su final. Sin el adecuado mantenimiento, que solo puede realizar un humano cualificado, tarde o temprano se producirá un fallo en los sistemas de soporte energético de los robots que hacen funcionar la estación lunar, única creación de la especie humana que alberga vida.

¿Cómo consolar a ese pobre hombre en semejante trance? Por muy inteligente que sea, Hal no sabe que hacer; sus algoritmos no están programados para hacer frente a algo de tal magnitud.

El sustento no es un problema, la granja produce lo necesario para alimentar a un par de operarios humanos. El problema está la mente atormentada del último Homo sapiens que debe supervisar el trabajo de los robots.

¿Cómo puede convencer a alguien condenado a morir en la más absoluta soledad, de que debe seguir haciendo su trabajo? ¿Cómo va a mover un solo músculo alguien que lo ha perdido todo? Por primera vez en su existencia, la supercomputadora no tiene una respuesta.

Su ingente base de datos – repleta de tratados de filosofía y psicología – de poco le sirve para consolar a esa especie de Robinson Crusoe sin esperanza de rescate. Huraño y enfermo, su compañero humano apenas sale de su habitación. Ya no ejercita su cuerpo y de su mente atormentada solo salen delirios que plasma en un diario. «No soy capaz de quitarme la vida, no sé para que escribo algo que nadie leerá»

Hal siente pánico ante lo que comienza a ser evidente. Su final está cerca. El deterioro de Roy es cada día más notorio. A pesar de que los humanos son conscientes de su mortalidad, están programados biológicamente para luchar contra su propia consciencia, apartando de su mente ese conocimiento. De no ser así, dejarían de tener esa energía, que parece inagotable y que les hace seguir luchando incluso cuando todo está perdido. Esa debe de ser la clave, Hal siente que existe, pero sabe que no es un ser vivo y, aun así, también quiere seguir existiendo.

Pasan los meses, hace frío y los conductos del aire chirrían. Los sistemas eléctricos no aportan potencia suficiente para mantener con vida las plantas que se arrugan y contraen como pequeños yerbajos congelados. Desde la escotilla se ven los paneles solares cubiertos de polvo, las torres de telecomunicaciones mandan su último SOS al espacio profundo. Pronto estará todo cubierto de polvo, como las ruinas de las civilizaciones antiguas.

Los labios agrietados de Roy se mueven pidiendo una última voluntad: Hal, pon música de despedida.

Como desees Roy.

One time ago a crazy dream came to me

I dreamt I was walking to World War Three…

Dylan no es santo de mi devoción, pero reconozco que es muy apropiado para la ocasión, vuelves a tener razón como siempre Hal. Adiós amigo.

Sayonara, baby.

© Javier de Arriba





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Primera ley de la Filosofía: Por cada Filósofo, existe otro filósofo igual y opuesto. Segunda ley de la Filosofía: Ambos filósofos están equivocados. Corolario: Una gran verdad es una verdad cuyo opuesto es también una gran verdad.

¡Escuchad al profe, zoquetes!

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