En tan solo cien años todo se ha vuelto un galimatías sin sentido, como una especie de concurso pueril sin más propósito que entretener a un público infantil, la inmediatez de lo trivial y lo absurdo se cuela en nuestras vidas por recovecos cada vez más estrechos. De igual forma que los virus y los parásitos siempre encuentran un huésped, esta nueva enfermedad digital amenaza con adueñarse de nuestra voluntad.
Ahora que todo está al alcance de un «clic» mientras deslizamos la yema del dedo índice por la pantalla, sin prestar demasiada atención a lo que vemos, que no es más que una interminable sucesión de imágenes escogidas por un algoritmo, algo llama mi atención. Un grupo de atletas jóvenes corren por una playa de Escocia sin nada más que un corazón rebosante de energía. Se entrenan duro para asistir a los Juegos Olímpicos que se celebrarán ese año en París. Un siglo después, la historia se repite, aunque nada sea lo mismo y, me cueste mucho imaginar a un grupo de Runners con mallas chillonas corriendo descalzos por una playa atestada de turistas. En verdad, todo ha cambiado mucho.
