Mediocres del mundo ¡Me río en vuestra cara!

jueves, 1 de enero de 2026

"Ein Date". Una distopía muy caliente.

 


                                                          Primera parte.

A los pies del inmenso coloso de mármol, la nieve se amontonaba hasta casi cubrir la placa en la que aparecía esa frase que todos los habitantes de Germania repetían cada mañana antes de empezar la jornada de trabajo o las lecciones de adoctrinamiento. «Con humanidad y democracia nunca han sido liberados los pueblos». Adolf Hitler. 1889 1952.

El cuadricóptero pasó por encima de la efigie soltando un chorro de aire caliente que limpió de nieve la cabeza del Fürhrer; eliminado el estúpido tupé de Elvis Presley que coronaba la estatua del añorado líder. Después, tras dar un giro brusco, aterrizó en la gigantesca plaza que daba acceso al Capitolio.

Cuando puse los pies en la capital del Reich, sentí un nudo en el estómago y un escalofrío. Supongo que lo primero era de excitación y lo segundo por el maldito frío que hacía en Germania esa noche. El desasosiego que sentía no era por la reunión donde debía entregar el informe de la situación en América, eso me importaba una mierda; mi estado de nervios se debía a lo peligrosa que era mi presencia en la capital.

Estaba citado con Herr Ludwing, el director de la Neu Sturmabteilung. Un tipejo ridículo que intentaba disimular su alopecia con un mechón de pelo grasiento aplastado sobre un cráneo pequeño y rosado. La antítesis del super hombre ario. Herr Direktor jamás será un Übermensch. Un individuo dotado con un rostro y un físico tan desagradables es merecedor de un apodo que nadie se atreve a pronunciar en su presencia; Mäusemann, la perfecta rata aria, escuálida y de ojos mezquinos. Un ser miserable con aliento a cloaca.

Durante la reunión con los psicópatas de la NSA, mi inquietud no pasó desapercibida y tuve que inventarme una excusa sobre mi estado de salud. Improvisé algo relacionado con unas fiebres padecidas durante mi estancia en América del sur. «Gentes sencillas e inferiores, quizá deberíamos haberles enviado algunos misiles también a ellos; tuvieron suerte de que en esos países atrasados y sin apenas tecnología hubiera una importante colonia de ciudadanos del Reich», comentó Herr Ludwing al respecto. «Lo importante es que ganamos la guerra, igual que aplastaremos esta rebelión».

Yo no era tan optimista como Herr Ludwing, pero solo soy un simple funcionario, un don nadie sin voz ni voto que solo quería salir de allí lo antes posible.

Cuando la reunión terminó, tras el riguroso saludo al Fürhrer Dönitz con el brazo derecho en alto, dejé a esos fanáticos demagogos con sus asuntos y me dirigí al único bar que podía abrir después del toque de queda.

El portero me miró como si fuera una mierda pegada a su zapato. Me pidió alguna credencial que pudiera permitirme el paso. Para un espía eso no es complicado, bastó con que le mostrara uno de mis documentos de identidad falsos y no hubo problema.

Cuando entré en local, comprendí por qué tenía permiso para abrir por la noche. Aquel antro era un tugurio donde se solazaban los oficiales de la Gestapo y los jerarcas del partido. El lugar perfecto para que los terroristas de Karma pusieran una bomba; algo que parecía no importar a nadie. Los tipos que bebían cerveza en la barra no le temían a nada, por algo llevaban una calavera en sus gorras. Unos gorilas expertos en dar palizas en calabozos sórdidos donde los gritos y los sollozos son una cacofonía que parece no tener fin. Tras una jornada extenuante, disfrutaban de esa camaradería tan propia de los torturadores, tan habitual entre hombres con el mismo credo y condición. Hermanos de sangre, de palizas y violaciones.

Después de tantos peligros pasados, sería irónico morir en un atentado en Germania, pero ya me daba todo igual, estaba tan harto de todo, que poco me importaba morir despedazado por la metralla. Me senté al fondo del local a disfrutar de una genuina cerveza alemana y de la música que salía de una máquina holográfica. Otro invento más de los científicos que se adelantaron a los americanos del Proyecto Manhattan. Al menos este no sirve para matar a millones de personas; acaso de aburrimiento, si terminan poniendo en bucle esas estúpidas canciones tradicionales que cantan a coro cuando están borrachos.

Entre tantos sádicos uniformados, había algunos civiles con aspecto de burócratas. Hombres de negocios y traficantes de armas; todos fieles al Reich y a sus propios intereses.

El camarero parecía una especie de robot de plástico. Con el pelo tan engominado que parecía petróleo. El bigote estilo Adolf, le daba un aspecto todavía más artificial y más patético.

«Una Köning Ludwing, por favor». «Excelente elección señor, es la mejor cerveza que tenemos, se la sirvo en un segundo».

El primer trago siempre es el mejor, cuando el líquido atraviesa los dos dedos de espuma y entra por la garganta camino del estómago. Esa sensación es única. Tras pedir la cerveza al camarero biónico, me dispuse a observar el entorno. Los nazis de los uniformes negros, los camisas pardas y los civiles, pasaban por mi escáner sin llamar mi atención; todos salvo una mujer. A unos cinco metros, tras los cabrones de la Gestapo, la criatura más bella que había visto en mi vida, charlaba con otras dos que, aun siendo bellas también, no había comparación posible. Esa especie de diosa no podía pertenecer a un mundo tan sórdido y mezquino. Imposible.

El foco de mi atención, iluminaba solo su figura; todo lo demás era una sombra borrosa formada por cuerpos oscuros que se movían como espectros a su alrededor.

La observaba como un perro hambriento a su dueño mientras se da un atracón y finge no ver al pobre animal salivar a su espalda. Como un náufrago a un barco que pasa de largo. Como todo lo que solo se puede ver y que es imposible alcanzarlo. «Ni lo sueñes cretino, eso, jamás podrás tocarlo».

Bebía despacio y la miraba como un idiota hipnotizado, mientras ardía como un tizón. Cuando por un segundo, nuestras miradas se cruzaron fue como llamar a las puertas del cielo.

Siempre he sido incapaz de tomar decisiones; por triviales que estas sean, no hay manera, la indecisión siempre termina imponiéndose y me deja a dos velas. Un cretino que ha dejado pasar demasiadas cosas por vergüenza o por falta de carácter.

Una personalidad que puede parecer poco apropiada para el oficio de espía. Nada más alejado de la realidad. Esa imagen glamurosa que se tiene de nuestro oficio es tan artificial como inexacta. Los espías no somos esos tipos duros de las películas. Somos individuos con una mente analítica; soldados que cumplen ordenes sin cuestionar las razones de estas, para eso están los políticos y el servicio de inteligencia. Somos tipos solitarios dispuestos a jugar a un juego peligroso; en mi caso más aún por ser un agente doble. Traidor para unos, héroe para otros; según el bando al que se le pregunte.

Volvamos al grano, al verdadero meollo de la cuestión. Dejemos aparte las reflexiones sobre mi oficio y mi carácter y centrémonos en la cuestión de mi físico. Algo importante en cuanto al éxito o fracaso en mi misión de conquistador.

Aquí estoy yo. Un tipo corriente y poco agraciado; en un bar atestado de psicópatas más altos, más rubios y más guapos. Por si esto fuera poco, además, soy una rata traidora a la que esos tipos enchufarían a una batería de un Volkswagen si descubrieran a sueldo de quién estoy en verdad. Poco me importaba la seguridad en esos momentos. Estaba cegado por la lujuria y el alcohol y nada me detendría en esta ocasión.


"Ein Date". Segunda parte

 

El tren vuela a más de trecientos kilómetros por hora hacia Zúrich. Unos potentes electroimanes hacen levitar esa mole metálica que recorre el paisaje tan rápido que lo convierte en una especie de cuadro impresionista. Un gran invento de nuestros aliados japoneses.

Mientras observo el lienzo sin fin que se desplaza a toda velocidad, pienso en ella. Su sabor todavía me acompaña. Me parece increíble como se han desarrollado los acontecimientos. Desde el primer encuentro en el tugurio nazi me he sentido como el protagonista de uno de esos musicales prohibidos por el régimen, esos que tanto gustan a mis socios americanos. Ahora la vida tiene sentido, por fin tiene un propósito.

Faltan treinta minutos para llegar a Zúrich. La ciudad es una mezcla de arquitectura barroca y posmodernismo difícil de casar. Para los dueños del nuevo imperio se han construido edificios según la concepción del mundo ario. En el centro todo permanece como antaño, cuando el antiguo régimen imponía su yugo. Altar, trono y espada. Nada ha cambiado. Antes quemaban a los herejes, ahora arden los libros. No hay hogueras suficientes para quemarlos todos.

Debo reunirme con un agente del servicio secreto de la Federación Balcánica. Una mala bestia cuyo sadismo es tan famoso como sus tatuajes. Ese tipo me da más miedo que un interrogatorio de la Gestapo, pero no puedo hacer nada para evitar el encuentro pues es una orden directa del jefazo de la CIA en Europa. Es lo que tiene jugar en dos bandos. Si alguien del servicio secreto alemán se entera de mi presencia aquí, debo decir que he venido a ver al director de la Oficina del Tesoro por un encargo de Her Ludwing, confiando en que cuele y no se investigue el verdadero motivo de mi presencia en Zúrich.

Desde la ventana del minúsculo apartamento del piso franco contemplo el atardecer mientras espero a que llegue la hora de la cita. Nubes desmembradas surcan un cielo que se empieza a volver cada vez más oscuro. Se encienden las primeras farolas con una luz azulada. Me muevo por el habitáculo arrastrando los pies descalzos para no hacer ruido. A ese grado de paranoia he llegado por culpa de este trabajo.

Tras las cortinas solo soy un fantasma; la sombra de un antiguo inquilino suicida. Mientras la noche engulle las calles, repaso el informe que debo entregar a ese lunático. Datos de objetivos que deben ser silenciados. Eufemismo que emplean los que deciden quién vive y quién muere para preservar la seguridad nacional. La supervivencia del régimen depende de ello.

Cualquier día será mi nombre el que aparezca en una lista como esta; hoy soy el portador, mañana tal vez uno de los sentenciados. Ese es mi macabro cometido, entregar los datos de esos desgraciados a la bestia rumana. Seguro que ese malnacido disfrutará cumpliendo las órdenes tanto como luciendo sus tatuajes de jakuza.

Faltan treinta minutos para el encuentro. Observo las fotos de los pobres diablos que están sujetas a la ficha con un clip. De pronto el mundo se detiene; lo que veo me deja helado, no puede ser real, no tiene sentido, ella solo es una funcionaria del Ministerio de Cultura. ¿Por qué está su fotografía y su ficha en esta carpeta?, ¿cómo es posible? ¿Qué clase de broma de mal gusto es esta?

Vuelvo a mirar la fotografía por si es mi mente la que me está engañando y no es ella la mujer de la instantánea, sino alguien que se le parece. Es posible que mi mente me haya confundido por unos segundos. No hay duda. Aunque en la ficha de la Inteligencia Americana figura otro nombre, es ella. Esto no puede estar pasando, no puede ser una coincidencia. Compruebo el resto de informes, por si hubiera algún dato que pueda decirme por qué mi amada Erika está en esta lista, por qué con otro nombre. Si el Gobierno Americano la quiere muerta, debe ser por algún motivo que desconozco. De pronto un escalofrío recorre mi cuerpo entumecido; si entrego este informe al agente rumano será el final de nuestro amor, me estremezco al pensar lo que ese asesino le hará si esta información llega a sus manos. Antes me tiro desde el puente que entregar esta maldita ficha.

Apuro el último trago de coñac antes de salir del apartamento. Sobre el cenicero, la fotografía de Erika desprende una llama azul mientras su rostro se consume bajo el fuego, dejando por un instante el aire impregnado de olor a papel quemado.

Voy a pie hasta el punto de encuentro; no queda lejos del piso franco. Debo atravesar una avenida por la que apenas hay gente a esa hora. Aun así, siento que en cualquier momento van a salir de la nada un par de tipos con gabardina y sombrero y me van a introducir en un coche de camino al infierno. En vez de eso, recibo una pitada y un par de insultos de un conductor cuando cruzo por donde no debo. El corazón me late desbocado. Siento que la camisa se me pega al cuerpo a pesar del frío.

Respiro por la nariz, despacio, como me enseñó mi padre cuando me daban los ataques de asma. Inspirar, aguantar, expirar; despacio, hinchando los pulmones y sintiendo como se llenan del preciado oxígeno.

El mundo ha cambiado mucho desde esos días en que todo apuntaba a que por segunda vez el destino del pueblo alemán estaba escrito en clave de humillante derrota. No fue así. Cuando las bombas atómicas borraron del mapa el Imperio Británico y llegaron hasta Moscú, el curso de la guerra cambió.

Desde debajo del puente la figura del matón rumano parece más grande de lo que de por sí es. «Estás hecho una mierda». Saluda con su peculiar inglés con acento de los Cárpatos. Yo solo digo «buenas noches», no me apetece entablar una conversación con ese tipo.

Le entrego el portafolio y antes de que vuelva a decir una de sus típicas gilipolleces, doy media vuelta y me alejo de allí por donde he venido. «Hasta luego hombrecillo apresurado», su frase de despedida suena a burla. «Adiós, Vlad el empalador», susurro mientras desaparezco de su vista entre la niebla.

Sigo aún en shock cuando me siento en el vagón del tren de regreso a Germania. Sudo y tiemblo y todo me da vueltas. Cuando por fin salgo de la estación y mi corazón empieza a latir a su ritmo normal, analizo la situación con calma.

Debo proteger a Erika del peligro que se cierne sobre ella. Mis superiores deben creer que el psicópata rumano se encargará de ella, eso nos da unos días de margen. Sé que algo no encaja. Mi mente analítica me muestra con su lógica aplastante lo que de verdad está pasando, pero me niego a ver lo obvio y me aferro por una vez en mi vida a la ilusión y a eso que llaman amor. Quiero creer que se trata de un error, pero sobre todo, quiero creer que ella también me ama.

"Ein Daite" tercera parte.

 

El Ministerio de Educación del Pueblo y Propaganda, es un templo de la supremacía aria. Un constante recordatorio de que la raza del norte de Europa es la única no contaminada. Fotografías de las películas de Riefenstahl y los que continuaron con su obra, adornan los pasillos por los que discurren los funcionarios. La seguridad es máxima, el edificio es un objetivo de los terroristas del grupo Karma. Un informe de los que entregué en mi reunión de la semana pasada con Her Ludwing prevé un ataque a gran escala.

Con el giro inesperado de los acontecimientos, tal ataque puede beneficiar mis planes de fuga; cuanto más ocupado esté el gobierno sofocando la rebelión, menos tiempo y personal para buscar a un espía fugado.

Una vez pasados los pertinentes controles de seguridad, me dirijo a la quinta planta, donde debo entregar el informe a un funcionario que lo revisará con escaso entusiasmo; después lo pasará a su superior y tras otra breve inspección por el burócrata de mayor rango  mientras toma un café con las galletas que su querida esposa cocinó el domingo –  pasará a manos de otro empleado que lo digitalizará para archivarlo en la red gubernamental, no sin que antes quede libre de las migas que se hayan desprendido durante el delicioso tentempié. Pura rutina.

 

Faltan doce horas para la cita. Repaso el plan mientras paseo por los alrededores del Estadio Olímpico. Ya no se celebran competiciones deportivas en su interior, solo eventos políticos a los que asiste una masa gris y deforme llena de odio y miedo y que jalea a los tiranos que los mantiene anestesiados.

Dejo atrás ese edificio que imita al Coliseo de Roma. Aquí no hay gladiadores luchando por su vida, solo demagogos gritando y escupiendo saliva tan sucia y obscena como su ideología.

Faltan ocho horas para nuestro encuentro. Nunca me gustó esperar, aunque la vida quizá solo es eso, una unión de sucesos encadenados por intervalos de tiempos muertos.

Entro en una cafetería antes del toque de queda. El olor a café es maravilloso. El local es acogedor; al entrar se agradece el cambio de temperatura. Está casi lleno, pero el silencio es total. Solo se oye el sonido de la máquina de café y el trasiego de los camareros. Las conversaciones son apenas unos susurros entre comensales. Tras tantos años de opiniones silenciadas, nadie se atreve a levantar la voz; menos aún para expresar una opinión. El miedo a los teléfonos pinchados y la constante vigilancia de las conversaciones en locales públicos ha enmudecido a una población que ya no recuerda aquellos tiempos en los que era difícil mantener una conversación en un bar donde todo el mundo hablaba a la vez y cada vez más alto, entre risas y bromas y con total libertad.

Ahora todos somos de alguna manera vigilantes, todos sospechamos del vecino y nadie confía en nadie. El Reich ha conseguido anular la voluntad individual para siempre.

Me siento en una butaca a disfrutar de un café mientras pienso en mi futuro con Erika, de momento no pueden escuchar los pensamientos, es lo único que nos queda.

El oficial de las NSS recién llegado observa con desprecio a ese grupo de piojosos que agachan la mirada ante su imponente y aterradora presencia. «Seguro que te encantaría encontrar a un judío entre tan selecto grupo, lástima que los exterminasteis a todos».

Me observa con atención, como si estuviera pensando en que yo no encajo en ese lugar. Intento no parecer nervioso, incluso me atrevo a hacerle un gesto con la cabeza a modo de saludo. «Hail Dönitz, hijo de puta, así te atragantes con esos pastelillos y te mueras, malnacido». El tipejo me sonríe mientras la dependienta le entrega un paquete con dulces un tanto turbada. Seguro que en casa le esperan su entregada esposa y sus retoños arios para merendar en familia.

Faltan dos horas para el ansiado encuentro. Si me para alguna patrulla, tengo un salvoconducto firmado por Mäusemann que me permite entrar y salir de cualquier sitio. Ventajas de mi miserable oficio.

No hay nadie en la calle. Dejo atrás la Cancillería y recorro el bulevar Albert Speer, una milla repleta de más esculturas de héroes mitológicos y germanos que conduce hasta el Museo de la Supremacía, un templo para honrar al superhombre ario, a imagen y semejanza de la Acrópolis de Atenas.

Estoy a unos minutos del lugar elegido para el encuentro cuando de pronto una luz pasa por encima a gran velocidad, seguida de una portentosa explosión. En cuestión de minutos las calles se llenan de rebeldes armados con fusiles de asalto. Van camino de la Cancillería. Unos minutos después empiezan los tiros y las explosiones. Salgo corriendo de allí mientras silban las balas.

El pecho me arde mientras el corazón bombea oxígeno a mis músculos agarrotados. Me paro un instante a recuperar el aliento cuando por la esquina aparece una turba armada. Me quedo petrificado contra la pared, como un camaleón que intenta mimetizarse con el medio. Un tipo con un parche en un ojo me detecta, tras dudar si dispararme, decide no malgastar munición con un tipo que tiembla encogido en el suelo como un perro abandonado. Resulta irónico que de los cien insurgentes me haya visto un tuerto.

Compruebo aliviado que pasan de largo. Al doblar la esquina una explosión destroza al tipo del parche como si fuera un hombre de paja. Ha debido ser un obús de un tanque. Salgo corriendo en dirección contraria.

Estoy más calmado. Me pongo un brazalete con el logotipo de Karma por si me encuentro con más insurgentes. Compruebo la hora, solo faltan veinte minutos para las diez. No dejaré de acudir a mi cita aunque arda entera la maldita ciudad. Los disparos y las explosiones suenan algo más lejos. Unos cuadricópteros pasan zumbando con su aterrador estruendo. Comienza a llover. Primero una lluvia fina y racheada, después un auténtico aguacero.

Llego por fin a mi destino, calado hasta los huesos. El corazón me late desbocado y el aire que exhalo me quema los pulmones. Apenas puedo tenerme en pie.

Ya no llueve, o tal vez sí; estoy tan excitado que apenas siento mi cuerpo. Tan insensible como un cadáver ahogado.

Avanzo como un yonqui que busca desesperadamente su dosis cuando la abstinencia le carcome los huesos. Como un sátiro tras una indefensa cordera. Llegados a este punto, todo me importa una mierda, ni si quiera me impresiona ver que no hay nadie en la recepción, solo un par de cadáveres asesinados a quemarropa.

Subo por las escaleras. En la tercera planta me detengo un instante a recuperar el aliento. Permanezco tras los cristales, observando como la ciudad se desangra. Siento asco y pena. No sé en qué medida, si más de lo primero que de lo segundo.

Entro en la habitación que tenemos reservada. No hay nadie, es pronto todavía, pero no puedo evitar sentir pánico ante la idea de que mis temores no sean infundados.

Empiezo a tomar conciencia de lo iluso que soy y lo ciego que he estado estos últimos meses. Desde el primer día sospeché que algo raro había en nuestra relación, no sabía lo que era, o tal vez sí y simplemente me negaba aceptar la realidad.

Los minutos pasan penosamente despacio mientras espero, creo que no he hecho otra cosa en mi patética existencia que esperar y, las más de las veces, sin saber que era lo que estaba esperando; quizá solo un nuevo día, uno que trajera aire fresco y alguna novedad, tan solo eso.

Desde la ventana veo destellos que presagian más muerte y destrucción. Cuadricópteros rugiendo como bestias hambrientas de sangre surcan el cielo. Bombardean barrios enteros.

Todo se derrumba ante mí. Salgo al balcón a ver si la veo aparecer por la esquina. Enciendo un cigarrillo unos segundos antes de ser consciente de lo estúpido que soy.

 

Una hora después, entró en el hotel una mujer de una belleza deslumbrante. Subió las escaleras con parsimonia, como si no le importara llegar tarde. Tal vez para una diva como ella era lo habitual. «Los mortales pueden esperar, forma parte de su insignificante vida».

Abrió la puerta con la tarjeta codificada y sin encender la luz, atravesó la estancia hasta llegar al balcón en el que había un cuerpo tirado en suelo. Aunque tenía la cabeza destrozada sin duda era él. Lo que no comprendía era por qué ese cretino llevaba puesto un brazalete de Karma.

Tras permanecer en silencio unos minutos, se agachó hasta el cadáver y le dio un pequeño beso en la mejilla. «Si te soy sincera, prefiero que me haya hecho el trabajo un francotirador. Cariño, deberías saber que el amor no nos está permitido a los espías.»

Grandes lecturas

Grandes lecturas

Vistas de página en total

No tiene buena pinta este tipo ¿Qué hacemos con él? Dejadle que siga escribiendo...

¡Yo os maldigo por salir de la caverna!

¡Yo os maldigo por salir de la caverna!
Primera ley de la Filosofía: Por cada Filósofo, existe otro filósofo igual y opuesto. Segunda ley de la Filosofía: Ambos filósofos están equivocados. Corolario: Una gran verdad es una verdad cuyo opuesto es también una gran verdad.

¡Escuchad al profe, zoquetes!

¡Escuchad al profe, zoquetes!